Habitar el presente
Quiero compartir con mis lectores una sensación que se va haciendo cada día más nítida y más intensa. Una sensación que puede ser una trampa. Estoy viviendo la vida como si estuviera en pausa. La vida no se detiene, pero las severas restricciones (confinamiento perimetral, cierre de comercios y restaurantes, uso de mascarillas, mantenimiento de distancia, permanencia en casa…) nos llevan a sentir, peligrosamente, que estamos viviendo a medio gas.
Me centraré en una parcela de mi vida, la relacionada con los viajes. Hay muchas más, claro. No me subo a un avión desde hace casi un año. Llevo lustros haciendo más de cien vuelos anuales, de abril a marzo, que son las fechas en las que IBERIA renueva sus tarjetas (he tenido siempre Oro y alguna vez Platino). Todas las actividades que tenía programadas, en España y en el extranjero, o se han suprimido o se han realizado on line.
Casi un año sin moverme de casa para realizar una actividad formativa. Ni compra de billetes de avión, ni paso por aeropuertos, ni vuelos de avión, ni encuentro con amigos, ni contacto directo con docentes, directivos o supervisores, ministros… Ni un abrazo sentido, ni una firma de un libro, ni una foto con la audiencia, ni una noche de hotel, ni una comida con los organizadores…
Además, la situación se está prolongando de una manera casi desesperante. Tengo dos pasajes aplazados (uno a Colombia y otro a Argentina) que no sé si, al fin, podrán aprovecharse.
- Bueno, para mayo, decíamos en marzo de 2020…
Y hemos ido diciendo luego: para junio, para agosto, para noviembre, para enero de 2021, para junio, para octubre… ¿Hasta cuando? La decepción se está adueñando de la vida. Hay una esperanza puesta en la vacuna, pero la lentitud en la administración y la incertidumbre por su llegada a todos los países, mantienen el poso de inseguridad.
Los aplazamientos se suceden sin que se vea en el horizonte una fecha viable para realizar un viaje alejado de temores.
No es igual una actividad presencial que otra on line. No es igual hablar a una pantalla que dirigirse a unas personas de las que puedes ver la mirada, la sonrisa y la postura. No es igual un encuentro físico que un encuentro virtual.
Echo de menos el ajetreo que conlleva esa secuencia compleja que parte del acuerdo y los preparativos, pasa por el viaje, la realización de las actividades, el regreso a casa y que concluye con la gestión de nuevas iniciativas y la acumulación de numerosos recuerdos.
Y luego están los incidentes que, cuando están en su punto álgido te agobian y luego te hacen sonreír: la pérdida, la anulación o el desvío de un vuelo, el ser tomado por un deportado que viaja con la escolta de dos policías en el aeropuerto de Buenos Aires, el tener que tomar un taxi aéreo desde Sucre a Santa Cruz para no perder una cadena de vuelos, el despiste de quienes tenían que esperarte en el aeropuerto, el desvanecimiento en pleno vuelo por una lipotimia, la interrupción de una conferencia en Salto por un vértigo periférico, el conocimiento del cambio de título al entrar en la sala donde vas a pronunciar una conferencia en Guadalajara, el fallo de la megafonía en una actividad con cinco mil docentes en Tucumán…
La nueva situación tiene también algunas ventajas. Carla ya no me tiene que repetir lo que me dijo, cuando tenía ocho años, antes de partir para un viaje a Chile:
- Papá, tus viajes me van a arruinar la vida…
Todo ha cambiado. Ahora le digo a Lourdes, mi mujer, mientras bajo los quince peldaños de la escalera que me sitúan ante el ordenador desde el que voy a impartir una conferencia:
– Me voy a México, me voy a Uruguay, me voy a Argentina…
A las dos horas, regreso, subiendo las escaleras por las que había bajado.
– Ya estoy de vuelta, digo.
Pero, claro, ni la actividad ni el viaje, ni las vivencias han sido lo mismo. Porque ha faltado el largo desplazamiento, la presencia, la cercanía emocional, el encuentro presencial.
Nunca hubiera podido imaginar que los efectos de una pandemia sobre la vida en el planeta y sobre mi vida, en concreto, fueran tan contundentes.
Ahora veo toda la riqueza que encierran para mí los viajes. El encentro con tantos docentes esforzados, que recorren muchos kilómetros par acudir al evento, que pagan un dinero que no tienen y que se esfuerzan por seguir en la brecha, formándose sin cesar. Es cierto que cansan los vuelos de trece horas, los viajes de más de mil kilómetros por carretera, las sesiones diarias de diez horas de trabajo, la falta de descanso, la preparación de las actividades, la atención a las demandas posteriores a las actividades, que siempre son muchas.
Pero no sé si esta sensación de pausa es sana psicológicamente. Porque me hace vivir la vida con sordina, como si hubiese que vivir añorando lo que tenía o esperando que se reanude lo que hubo. Una amiga con quien he compartido la sensación que me invadía, me ha enviado este pensamiento de la ilustradora Pedrita Parker: “La vida empieza cuando dejas de esperar y esperas el máximo del momento en el que estás”.
Y he pensado que tiene razón. He pensado que la plenitud está en vivir, como indica la locución latina, hic et nunc, aquí y ahora. Es decir, en este espacio y este momento. Esa es la plenitud.
La expresión hic et nunc es un concepto esencial en el enfoque guestáltico, que subraya la importancia del habitar en el aquí (espacio) y en el ahora (tiempo), pues es donde residimos y podemos transformarnos, tomar contacto con nuestras sensaciones y darnos cuenta del contenido de nuestros sentimientos y de nuestras relaciones.
Es en el presente donde tenemos la posibilidad de vivirnos en plenitud, de darnos cuenta de qué hacemos, cómo lo hacemos y para qué. El poder reside en este espacio presente, aquí, y en este ahora en el que nos encontramos con nosotros mismos, con el otro, con nuestra vida. Habitar el presente parece fácil, pero conlleva un entrenamiento ya que nuestra tendencia como personas es la de irnos hacia el pasado o hacia el futuro, escapando con asombrosa facilidad de nuestro presente, que es lo que tenemos.
Cuando nos vamos hacia el futuro, pensando lo que tenemos que hacer, en nuestra lista de pendientes, anticipándonos a lo que creemos que nos va a pasar, a cómo va a responder tal o cual persona, le damos vida a una serie de hipotéticas realidades… Cuando nos vamos hacia el pasado, recordando situaciones que no “resolvimos a nuestro gusto”, trayendo a la mente materias inconclusas de nuestra vida, lo que dejamos pasar por diferentes motivos en el camino, lo que callamos o hablamos de más, propiciamos la aparición del resentimiento, la queja, la angustia, emociones que nos intoxican, perdiendo también el contacto con nuestras actuales potencias y nuestra capacidad de aprendizaje.
Es aquí donde está la vida. Es ahora cuando la podemos vivir. Hic et nunc. Ahí está la clave. Las actitudes que hacen hincapié en “era feliz cuando…“ o ”sería feliz si…” nos alejan de la plenitud del presente. Lo expresa con brevedad y contundencia el poeta romano Horacio en sus Odas: Carpe diem.
Escrito por: Miguel Ángel Santos Guerra

