Los ciegos son invisibles
No digo invidentes, digo invisibles. Porque no se les ve. Porque es como si no existieran. Por eso no se piensa en ellos, no se tienen en cuenta sus dificultades, no se atienden sus necesidades más apremiantes.
Los ciegos tienen los mismos derechos que los demás ciudadanos y ciudadanas pero, por ejemplo, no pueden leer los libros en los que se desarrolla el curriculum, no pueden pasar el semáforo cuando lo necesitan porque ninguna señal acústica se lo facilita. Tienen pleno derecho a saber a qué precio se venden las naranjas de un supermercado, pero no pueden leer los carteles que lo anuncian. Necesitan leer la carta que ofrece un restaurante, pero no les es posible la lectura en el único código que se presenta. Un código que solo pueden descifrar los videntes.
Hace algún tiempo, circulando en dirección al aeropuerto, escuché en la radio una entrevista a un niño de 11 años llamado Francisco Manuel que estaba acompañado de su madre. Un niño con discapacidad visual importante: solo tiene un dos por ciento de visión.
El periodista le preguntaba por una iniciativa que había puesto en marcha en Cádiz y provincia. Contaba el niño que un día había ido a un bar y se había encontrado con la carta escrita en braille. Había sentido, por primera vez, que existía en un bar. Sin necesidad de ayuda podía saber lo que quería pedir, lo que podía comer o beber.
Entonces se le ocurrió traducir la carta de todos los restaurantes para que cuando fuese una persona con ceguera pudiese sentirse como se sintió él en aquel bar.
Lleva ya hecha la traducción al braille de la carta de más de cien restaurantes. Muchos de ellos en la ciudad de Cádiz. Otros en San Fernando, en el Puerto de Santa María, en Jerez de la Frontera, en Chiclana… Y decía que deseaba seguir extendiendo la iniciativa por muchos más restaurantes…
La madre era una colaboradora necesaria porque tenía que leerle el texto de las cartas para que él pudiera traducirlas al braille. Le acompañaba orgullosa porque había sido su hijo quien tuvo la iniciativa y quien estaba más empeñado en extenderla.
Todavía recuerdo emocionado una visita que hice siendo estudiante de Pedagogía a un colegio de niños y niñas sordociegos en Madrid. ¿Somos capaces de meternos en la piel de un niño, de una niña que no oye y que no ve?
Fui durante dos años profesor de Psicología General en el Centro de Estudios Universitarios de Madrid (CEU). Organicé los dos años un Seminario sobre la ceguera. El seminario iba acompañado de varias actividades. Una de ellas era una entrevista a un amigo ciego que se sometía a un proceso de tercer grado con los estudiantes de mi clase. Había perdido la vista como consecuencia de un fallo médico en una operación cerebral. Nunca he visto una persona con más entusiasmo, con más empatía, con más fuerza vital. Trabajaba como telefonista en el BBVA. Aquellos jóvenes universitarios se sentían impresionados por aquel adulto ciego que veía la vida con más optimismo y coraje que los que ellos, videntes y jóvenes, tenían.
Una segunda actividad era la lectura y análisis de la excelente obra de José Saramago “Ensayo sobre la ceguera”. Esa estremecedora novela que nos mete en las profundidades de la plena oscuridad. Aun recuerdo las vibrantes emociones que suscitaban los comentarios y las vivencias que había suscitado la lectura.
Otra iniciativa consistía en realizar una experiencia encaminada a suscitar empatía con las personas invidentes. Cada uno tenía que pasar veinticuatro horas con una venda en los ojos que le privase completamente de visión. Y luego teníamos que escribir un informe sobre lo que habíamos descubierto en esa situación de no poder ver y, también, en el momento de recuperar la visión. En una larga sesión compartimos las vivencias que habíamos tenido: la inseguridad, las restricciones de movimiento, la hipertrofia de los sonidos, el miedo a los peligros, la necesidad de ayuda… Uno decidió acudir solo al cine, una mamá cuidó a su bebé en condiciones muy precarias debidas a la ceguera temporal, yo estuve en la casa caminando a tientas, escuchando la televisión y comiendo lo que pude.
Ya sé que esta experiencia es relativa y parcial. No es igual ser o quedarse ciego que “hacerse el ciego” durante un tiempo sabiendo que vas a volver a la normalidad cuando finalice la experiencia. La “ceguera temporal” es solo un atisbo de lo que puede ser la condición de ser ciego. Dice Asimov: “Si cada año estuviéramos ciegos un día, gozaríamos en los restaurantes trescientos sesenta y cuatro”.
Cuánto le falta a nuestra sociedad para que se muestre sensible a las necesidades de las personas con alguna discapacidad. Es como si no existieran, como si no importaran. ¡Un solo bar con carta que pudieran leer los ciegos! ¿Cómo se pueden enterar entonces?
Se construyen las ciudades con el patrón de un individuo que responde a las características de la mayoría: adulto, sano, varón, vidente, apresurado, autónomo, conductor, rico, oyente… No se piensa en las minorías, que quedan excluidas de la mayoría de los servicios y que se sienten lógicamente en constante peligro.
Mi querido amigo Francesco Tonucci dice que si la ciudad se construyese con el parámetro de un niño, todos podríamos sentirnos seguros y tranquilos en ella. De otro modo, los enfermos, los ciegos, los sordos, los paralíticos, las mujeres embarazadas, los niños y las niñas no podrán moverse con seguridad en ella. Así lo explica en el libro “La ciudad de los niños” y así lo hace en ambiciosos proyectos de diversas ciudades del mundo en los que consulta a los niños y a las niñas sobre lo que desean encontrarse en la ciudad. En alguna de estas experiencia, Tonucci preguntaba a los niños por sus deseos. Uno de ellos dijo:
– Queremos jugar gratis.
Nos cuesta meternos en la piel del prójimo, en la mente de quien no es como nosotros. Nos cuesta ser empáticos. Pensemos en una persona ciega que sale a la calle en una gran ciudad. ¿Cómo se desenvuelve sola?
Nos falta sensibilidad para gobernar, para vivir, para compartir la vida con personas que tienen alguna discapacidad. El problema se ha resuelto de una forma cruel o de una forma caritativa.- – – Que se las apañen como puedan.
O también:
-¡Es una pena!
Durante el vuelo fui pensando en ese pequeño niño casi invidente al que bastaba mirarse a sí mismo para saber que las personas ciegas no pueden decidir de forma autónoma qué es lo que desean comer en un restaurante porque no pueden leer el menú. ¿No tienen derecho a saberlo?
Pero tampoco pueden leer otras cosas: los números del ascensor para poder elegir el piso al que desean llegar, las indicaciones de salida de un cine o de un aeropuerto, la hora que marca el reloj, el nombre de la calle por la que caminan o a la que desean llegar, o el nombre de la tienda en la que quieren comprar algo.
La inclusión pasa también por dotar a las personas ciegas de la tecnología necesaria. No es justo construir una sociedad en la que las minorías estén excluidas. La tecnología se ha convertido en una herramienta necesaria, en la situación actual, para realizar muchas tareas presentes en el día a día de una persona ciega, con deficiencia visual o con sordoceguera. Internet y algunas plataformas digitales han facilitado la conexión a entornos educativos, laborales, de cultura, ocio e información, permitido leer un libro digital, hacer la compra, comunicarse con un grupo de amigos, gestionar citas médicas o cuentas bancarias, desarrollar un trabajo profesional, etc.
Hay que dar visibilidad a las personas ciegas. Hay que incluirlas plenamente en la vida de la ciudad. Hay que felicitar a las personas que, como el niño Francisco Manuel, toman iniciativas que hacen el mundo más habitable para quien no puede ver.
Columna escrita por Miguel Ángel Santos Guerra
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