Una Nueva Masculinidad
Para conseguir la igualdad entre hombres y mujeres (igualdad de oportunidades, de derechos, de dignidad, de trato…) es preciso revisar nuestra concepción de masculinidad. Las mujeres han luchado y siguen luchando por la igualad y por la autonomía, y nosotros tenemos la obligación moral de revisar los patrones de la masculinidad para generar una vida en común más justa y armoniosa.
Acabo de leer un libro que me ha regalado una querida amiga. Un regalo que he agradecido por tres motivos. Es un libro, aborda un tema de gran actualidad (todavía no ha finalizado la pandemia y ya se nos ofrecen reflexiones sobre su influencia sobre nuestra identidad) y el tema que aborda es de gran interés.
El libro se titula “La vida en común”. Título que se explicita un poco más con el siguiente subtítulo: “Los hombres (que deberíamos ser) después del coronavirus”. Y aclaro: habla de los varones, no utiliza el término hombres en sentido genérico, es decir, referido a hombres y a mujeres. Su autor es Octavio Salazar Benítez, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba. Octavio es miembro de la comisión de igualdad de dicha Universidad y ha participado en la redacción de su I y II Plan de Igualdad, así como de su Protocolo contra el acoso sexual y por razón de sexo. En 2018 escribió otro libro titulado “El hombre que no deberíamos ser”.
He dicho que se trata de un libro que aborda un tema importante. ¿Qué efectos ha tenido (está teniendo) la pandemia en nuestra condición masculina? Cuestión de gran calado porque hablamos muchas veces de la transformación que están realizando las mujeres, de su empoderamiento, de su nueva identidad, pero pocas veces pensamos en la nueva masculinidad que se nos exige desde la conquista de la igualdad. Para que lleguemos a compartir una vida plena en igualdad, una vida armoniosa y solidaria, es preciso que nosotros reflexionemos profundamente sobre nuestras concepciones, actitudes y comportamientos de hombres.
Es muy importante desarrollar la capacidad de analizar lo que nos sucede. Todos estamos viviendo similares experiencias ante la pandemia, pero solo algunos son capaces de analizar con rigor lo que sucede. Y bien se sabe que una cosa es lo que pasa y otra la interpretación de lo que pasa. Ahí está este libro, como ejemplo. O el de Boaventura Sousa Santos, al que alguna vez he hecho referencia en este mismo espacio, titulado “La cruel pedagogía del virus”. Y también el de Daniel Innerarity con este ambicioso título: “Pandemocracia: una filosofía de la crisis del coronavirus”. Una cosa es la realidad, otra la vivencia que tenemos de ella y otra diferente la capacidad de metacognición, la elaboración escrita y la difusión del análisis. Son de agradecer estas aportaciones a la comprensión de la realidad humana en un contexto tan cargado de ansiedad e incertidumbre.
El autor va repasando cuestiones que, a medida que vas leyendo, consideras de cajón, de extraordinaria obviedad. Por ejemplo, los hombres, habituados a movernos en el campo de lo público hemos tenido que permanecer encerrados en el ámbito privado del hogar. “Esta crisis de la masculinidad tradicional, dice Salazar, está en la base de muchas de las reacciones machistas que se están produciendo en todo el mundo y que tienen como principales protagonistas a hombres que se resisten a abandonar su papel tradicional, que defienden la familia de toda la vida y que ven como una amenaza para su estatus que las mujeres se incorporen a lo público”.
Habla el autor de la pandemia en la sombra para referirse al dolor y la angustia que han tenido que padecer las mujeres que se han visto obligadas a compartir la casa durante tantos días con su maltratador. No es difícil imaginar la angustia, la tensión, la dureza de esa cruel y opresora convivencia.
Salazar analiza la influencia que ha tenido la pandemia en nuestra condición de varones. Y yo espero que la reflexión, la convivencia, el diálogo y las condiciones que hemos tenido que afrontar nos hayan hecho mirarnos al espejo para ver cómo somos. Y espero también que esa imagen que nos ha devuelto el espejo nos muestre los rasgos de identificación que tenemos que mejorar.
La indudable existencia de la violencia de género ha de ser sustituida por la presencia de otras actitudes más próximas a la igualdad y al cuidado. Es necesario buscar un nuevo humanismo, basado en la reciprocidad que produzca un profundo cambio en las relaciones de género.
Tengo una antigua alumna y ahora querida amiga que, según su testimonio, se hizo filósofa y profesora de filosofía a raíz de sus vivencias en las clases que, sobre esta materia, impartí en el Instituto San Pelayo de Tui (Pontevedra). Chis Oliveira es una reconocida activista del feminismo. En 2019 publicó con Amada Traba Díez un importante libro titulado Amarte. Pensar el amor en el siglo XXI. En el libro encontramos interesantes pistas para la construcción de la nueva y deseable masculinidad. Dos años antes, en 2017, publicó un artículo titulado “Revisar la masculinidad, una condición para la igualdad”.
En él se puede leer: “Los chicos van asumiendo el modelo de masculinidad tradicional que comporta el tener que superar constantes pruebas que confirmen su virilidad”.
Esa masculinidad hegemónica es un constructo social, nada tiene que ver con los genes. Este modelo de masculinidad tradicional se basa en los siguientes rasgos: autosuficiencia, heroicidad (disposición al riesgo y a la lucha), diferenciación (ser hombre es, sobre todo, no ser mujer), ocultación de sentimientos (los hombres no lloran), búsqueda del éxito, competitividad con los demás, sentido de dominación, despreocupación por el cuidado…
Muchos comportamientos machistas de adolescentes son un intento de colocarse la máscara de la masculinidad dominante. Quien no la tiene es tachado de marica, nenita o calzonazos.
“Hoy ya no se puede hablar de masculinidad en singular, pues no hay una única forma de ser hombre. Desde esta perspectiva tendríamos que hacer ver que los hombres son radicalmente diversos entre sí, que hay tantas formas de ser hombre como hombres existen”. Por eso pienso que deberíamos avanzar hacia un modelo de masculinidad asentado en las emociones, en la ternura, en la sencillez, en la cercanía emocional, en la solidaridad, en la filosofía del cuidado…
Vuelvo al libro “La vida en común”, en el que podemos encontrar interesantes reflexiones sobre Los hombres nuevos, Los hombres sin público, Los hombres con reloj, Los hombres jubilosos, Los hombres heroicos, Los hombres que no aman a las mujeres, Los hombres máquina, Los hombres emocionados, Los hombres enredados, Los hombres sin púlpito, Los hombres que miran lo que miran las mujeres…
Octavio Salazar nos limpia el espejo que todos tenemos delante. Para que nos veamos claramente. Para que reflexionemos profundamente, para que aprendamos a ser mejores personas y, en este caso, mejores hombres para la vida en común. Todo ello en el contexto de la pandemia en la que estamos inmersos.
Habla también de sus experiencias personales y familiares. Por ejemplo, de cómo su padre, maestro y director de un Colegio de Primaria, vivió volcado en su profesión, en la dimensión pública de la vida. Y de cómo la jubilación y, sobre todo, el hecho de convertirse en abuelo “provocaron que en él se activaran determinados resortes que hasta entones habían permanecido inéditos o como mínimo poco utilizados”. Recuerda Salazar, a propósito de esta experiencia, algo que escuchó en una película japonesa: el mundo sería mejor si tuviéramos la posibilidad de ser abuelos antes que padres.
Columna Miguel Ángel Santos Guerra
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