Una desgana invencible
He leído en estos días la novela ”Los vencejos”, de Fernando Aramburu. Son 698 páginas de intensa narración. Me gusta el estilo de este autor, que tuvo un éxito inconmensurable con “Patria”, novela traducida a muchos idiomas y con una cantidad extraordinaria de ediciones en castellano. Con perspicacia, tino y maestría entró en el intrincado mundo sociopolítico de la organización terrorista ETA. La novela te atrapa desde la primera página.
El protagonista de “Los vencejos” es un profesor de Instituto. Un personaje perfilado con ingenio desde todos los ángulos de la existencia. Hijo, hermano, esposo, padre, amigo, amante de una muñeca sexual a la que llama Tina, compañero de quienes trabajan en el instituto y profesor de filosofía.
La planificación de un suicidio impregna todas las páginas del libro ya que recogen, durante un año, el diario del protagonista camino de la decisión final. Se suicidará el día 31 de julio del próximo año. No robaré al lector ni un ápice de interés sobre el desenlace. Ahí dejo el curioso y sorprendente final.
No pretendo analizar ni comentar siquiera el contenido de la novela en su espina dorsal que es la planificación del suicidio del protagonista. Y del suicidio de su amigo Patachula. Los dos quieren acabar con su vida. Me voy a centrar solo en un rasgo de la trayectoria vital de este profesor de Secundaria: la amargura. Sé que es el personaje de una novela, por consiguiente un caso de ficción, pero creo que refleja la triste e inquietante historia de algunos docentes.
En la novela no aparecen nunca los alumnos y las alumnas de Toni, pero no es difícil imaginar su apatía, su rechazo y su frustración ante la actitud de quien pretende enseñar con tan poco entusiasmo, con tanta desgana. “Una desgana invencible” dice, como se verá en breve, el protagonista.
He leído el libro rastreando la evolución del docente, tratando de descubrir la incidencia de su trayectoria vital en el modo de concebir y realizar su tarea, y pensando en cómo la forma de vivir la profesión condiciona también las demás facetas de la vida.
La trayectoria es la transición de una concepción profesional a una concepción mercenaria. El trabajo hecho de cualquier manera por un sueldo. Inspira tristeza esta forma de vivir la enseñanza. En la página 554 dice el profesor sobre su tarea docente: “Vengo a despachar mi tarea diaria, que consiste en adormecer a un rebaño de adolescentes administrándoles una dosis de conceptos soporíferos, y a justificar mi sueldo disertando sobre filosofía; en el caso de hoy, sobre Nietzsche y la crisis de la razón ilustrada que es lo que tocaba esta mañana por decisión de los diseñadores del temario. Se acabaron para mí los días en que me tomaba la molestia de preparar las clases como si las fueran a televisar en directo para una audiencia numerosa. De unos años a esta parte me basta con echar una ojeada a la lección poco antes de salir para el instituto y de tirar después en clase de apuntes viejos, mayéutica socrática y debates improvisados”.
Es obvio que en una primera etapa no fue así. Porque al comienzo preparaba las clases con dedicación, esmero e ilusión. Con pasión, podríamos decir.
Pero, probablemente poco a poco, ha ido cargando de decepción la práctica de su trabajo: mala relación con los alumnos, con las familias, con los compañeros, con la directora…. Mala experiencia docente. Una práctica evaluadora cargada de arbitrariedad (se trata de regalar buenas notas para que estén contentos). Una tarea que le hace infeliz. Hasta sueña con terremotos que destruyan el instituto.
“La indisciplina de los alumnos, la aspereza de la directora y mi desgana invencible me hacían cuesta arriba la docencia. Soñaba a todas horas, dormido y despierto con terremotos que destruían el instituto o con epidemias que obligaban a suspender las clases durante meses. Algunas mañanas iba con miedo a trabajar: miedo a que los chavales me amargasen el día, a que un padre con malas pulgas me causase problemas, a perder un trabajo que en realidad me hacía infeliz. ¿Incentivos? El sueldo, las vacaciones y pare usted de contar”, dice el protagonista en la página 595.
Me preocupa esta actitud. Una actitud que no era la del comienzo sino que se ha ido fraguando a lo largo del tiempo. ¿Por qué? ¿Qué es lo que lleva a esta apatía, a este aburrimiento, a esta infelicidad?
Hace muchos años (exactamente en 1983) escribí, en el número 159 de la Revista Española de Pedagogía, un artículo titulado “La erosión de la función docente”. Por cierto, lo acabo de repasar. Se encuentra fácilmente en la red con el título del artículo y el nombre del autor. Reflexionaba allí sobre las causas que podrían ir destruyendo las ilusiones del comienzo.
Pocas cuestiones hay de mayor envergadura. Cómo convertir la experiencia en sabiduría? ¿Cómo lograr que la ilusión sea progresiva? Digo que es una cuestión decisiva porque nada hay más inteligente que desarrollar la capacidad de ser felices y de ser buenas personas. Lo que nos da a todos la experiencia son años, pero no sensatez, pasión, sabiduría y felicidad.
Y de hecho, con similares condiciones y experiencias, hay algunos y algunas docentes que van haciéndose más humildes, más sabios, más optimistas, más felices. Y otros y otras que se van haciendo más vagos, orgullosos, cínicos, amargados y pesimistas. Una pena para ellos y para ellas. Una pena para sus alumnos y alumnas.
Hablaba en aquel artículo de la erosión, es decir, de múltiples, complejos y diversos factores que causaban el deterioro. Unos externos y, la mayoría, radicados en la vivencia de los mismos por cada individuo.
Pensaba mientras iba avanzando en la lectura en la serie Merlí, protagonizada por un profesor de filosofía que está en los antípodas del personaje de “Los vencejos”. ¿Cómo pueden darse trayectorias tan disímiles, tan antagónicas?
De las múltiples causas voy a destacar tres. Hablo en aquel lejano artículo de causas sociológicas que erosionan la actitud docente. Por ejemplo, del deterioro de la valoración de la profesión docente por parte de la sociedad y de algunas familias… Hablo también de la actitud apática e incluso hostil de algunos alumnos y alumnas que no solo no quieren estudiar sino que pretenden que nadie lo haga…
Planteo algunas causas psicológicas como puede ser el progresivo envejecimiento del docente mientras sus alumnos y alumnas (en cursos sucesivos) tienen la misma edad. Toni tiene más de cincuenta años, pero sus alumnos y alumnas tienen misma edad que cuando empezó.
Y algunas causas de naturaleza filosófica. La jerarquía de los valores del ser humano actual es claramente diferente a la de otras épocas. Se ha producido un «vómito axiológico» que ha dado lugar a un evidente desconcierto. La movilidad de los valores es grande y el propio cambio se ha convertido en un valor, antes poco apreciable. Un nuevo concepto de persona, de sociedad, de historia, lleva consigo una nueva dimensión del concepto y del proceso de la educación
El concepto «erosión» se utiliza (en un primer nivel de lectura) dentro del campo de las ciencias naturales. La aproximación semántica al término nos dice que es el desmoronamiento y modelación producidos en la corteza terrestre por la acción de agentes externos a ella. La erosión es una «roedura», como indica la misma raíz etimológica de la palabra, que se produce de forma lenta, continuada y progresiva.
Nosotros vamos a transpolar el término al campo de la pedagogía para referirnos al fenómeno del desgaste que sufre el educador en el ejercicio de su función a lo largo del tiempo. Desgaste de ilusiones, de esperanzas, de esfuerzos y de compromiso, debido al proceso «erosionante» de diversos agentes que inciden en la tarea educativa, porque es indudable que la experiencia tiene grandes posibilidades de enriquecimiento pero también entraña riesgos y amenazas. Una mala experiencia puede hacernos perder la capacidad de utopía, recortar las ilusiones, imposibilitar el comienzo de empresas arriesgadas, aumentar la dosis de escepticismos (siempre bajo la pretensión de realismo y de sensatez), relativizar los planteamientos más divergentes y entusiastas… En definitiva, la mala experiencia puede convertir una sonrisa franca, casi ingenua, en una mueca irónica y sarcástica ante los que comienzan. Es el gesto mordaz de los que ya «están de vuelta».
Pero hay una diferencia sustancial. Así como en la naturaleza la erosión es inexorable, el ser humano puede reaccionar ante esos factores externos, protegerse de ellos e, incluso, conseguir que produzcan el efecto contrario. Ojalá lo entiendan así los graduados y graduadas de Infantil y Primaria a los que hablé el día 25 en La Facultad de Educación de Vitoria-Gasteiz. A ser felices. A dar felicidad.
Columna escrita por Miguel Ángel Santos Guerra
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