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«La Tortuguita» Columna escrita por Miguel Ángel Santos Guerra

La Tortuguita

Todavía estoy conmovido. Acabo de escuchar en la parte final de una sesión del Máster en Educación Emocional que organiza la Fundación Liderazgo Chile, el relato de una de las asistentes, que solicitó  la palabra  durante el desarrollo de la clase.

Había dedicado unos minutos de mi intervención a hablar de las profecías de autocumplimiento. Y dije que era un fenómeno más frecuente de lo que nos imaginábamos. A veces se extiende a toda la clase (“qué grupo más malo me ha tocado este año”). A veces se centra la profecía en un pequeño grupo (“estos cinco son los perores de la clase y hay muy poco que hacer con ellos”). Y, a veces, se destina a una sola persona (“esta chica no llegará a ninguna parte”).  Dije también que era un fenómeno pernicioso porque las profecías tendían a cumplirse. Lo expresa en pocas y contundentes palabras, dije, Paul Watzlawick: “la profecía de un suceso se suele convertir en el suceso de la profecía”.

Siempre me ha preocupado esa perniciosa tendencia  a colocar una etiqueta sobre los alumnos y  las alumnas que no responden a nuestras expectativas. ¡Con la de veces que nos hemos equivocado en los pronósticos!

Precisamente esa mañana había leído un interesante  párrafo en el ingenioso libro “El bazar de la cebra con lunares”, de Raphaëlle Giordano (escritora, pintora y coach de nacionalidad francesa): “Pienso de nuevo en Arthur  y me sublevo  contra esa manera que tiene el sistema escolar de rechazar y dejar de lado… Y eso me ha recordado una vieja película de Pagnol, Le Schpountz, cuando a uno de los personajes, interpretado por Fernandel, le dicen: “No es que no seas bueno para nada, es que eres malo para todo”.

En el chat de la sesión que estábamos realizando a través de la plataforma Zoom, apareció una demanda de Erika Pineda pidiendo compartir conmigo y con los asistentes una experiencia.

Esta es una de las razones por las que me opongo a la idea de que se les diga a los asistentes a una conferencia que, al final, tendrán un turno de preguntas. ¿Por qué preguntas? No existiría este artículo si no hubiese dicho que era el momento de hacer alguna aportación: manifestar un sentimiento, exponer una discrepancia, contar una experiencia o hacer una consulta… También una pregunta, pero no solo. Ese planteamiento parece indicar que los que han asistido a la sesión solo tienen preguntas, fruto de su ignorancia, y el que imparte la conferencia solo tiene respuestas, fruto de su inmensa sabiduría, respuestas que pueden satisfacer la curiosidad de los presentes. Es una visión jerárquica  y equivocada del saber. Me gusta más una visión más democrática. No hay nadie tan pobre que no tenga nada que dar y nadie tan rico que no tenga nada que recibir.

Cuando llegó el tiempo de las intervenciones, el coordinador le dio la palabra a Erika Pineda. Su rostro ocupó toda la pantalla. (Qué interesante cuestión lingüística: “levanten la manito”, así, en masculino, dijo el moderador, quienes deseen intervenir. Pero ese es otro cantar. La primera vez que lo oí, hace ya algunos años, creí que se habían equivocado. La palabra “mano”, que es femenino, se convierte en masculino  al formar el diminutivo).

Contó Erika, entusiasta educadora de párvulos,  la historia de una niña llamada Javiera.  Una niña a la que su profesora comenzó a llamar La Tortuguita porque hacía las tareas lentamente. Todos los niños y las niñas llamaban a la niña con ese sobrenombre.

Su madre, como es lógico, quería que a su hija la llamasen por su nombre. Preocupada por la influencia que ese apodo pudiera tener en su hija, pidió una entrevista con la maestra. Escuchó los motivos que habían llevado a sustituirle el nombre de pila por el apodo. Su hija lo hacía todo lentamente, no solo las tareas del aula.

No es importante que una niña aprenda lentamente, o que haga las tareas despacio, lo importante es que quiera aprender. Lo negativo del apodo es que se centraba en un aspecto que se consideraba negativo y que se convertía en una etiqueta que la podía marcar para siempre. El diminutivo hacía más sofisticada la trampa. Bajo la capa de la ternura era más difícil detectar  la profecía.

Siguió contando Erika, con evidente emoción, que la madre de Javiera solicitó una entrevista de la maestra. Y en ella le pidió que llamara a su hija por su propio nombre. Le hizo ver que llamarle Tortuguita, aunque fuese en diminutivo, podía acarrearle consecuencias negativas. Le parecía más respetuoso. más lógico y más sano psicológicamente utilizar su propio nombre.

La niña sabía que su madre había mantenido una entrevista con la maestra y le preguntó a la mamá qué le había dicho la profesora. Y la madre le explicó a Javiera que le había dicho cosas muy bonitas y positivas: que era muy inteligente, que hacía siempre  bien las tareas, que era una niña muy simpática y sociable, aunque eran palabras que no habían salido de la boca de la maestra.

Recordé en ese momento (aunque nada dije sobre ello) la hermosa historia de Thomas Edison, que he contado en esta misma columna. Le enviaron de la escuela a la madre una carta diciendo que su hijo tenía tan limitadas capacidades que no podía seguir en la escuela y que,  a partir del día siguiente, tendrían que hacerse cargo en la familia de su enseñanza. La madre transformó ese mensaje demoledor en otro cargado de motivación y optimismo. Le dijo a su hijo que habían enviado de la escuela una carta en la que  decían que Thomas era tan inteligente y tan superdotado, que no podía seguir en la escuela ya que los profesores no estaban suficientemente preparados para enseñarle y que, desde entonces, tendría que estudiar en la casa. La madre, que era maestra, se hizo cargo de su educación en la casa. Sabemos que Edison llegó a ser uno de los  prodigios intelectuales del siglo XX.

Vuelvo a las palabras de Erika. Desde entonces Javiera fue Javiera, una niña inteligente y despierta. La  entrevista de Erika con la maestra hizo añicos la profecía. Se rompió aquella etiqueta negativa y se colocó sobre la mente de Javiera otra de signo contrario.

Pasaron los años. Muchos años. La pequeña Javiera se había convertido ya en una profesional cualificada en el ámbito de la salud.  Aquella niña lenta había llegado a ser una hematóloga de prestigio, Y un buen día se encontraron la madre de Javiera y la maestra, ya jubilada. Después de los saludos de rigor le confesó la docente a la madre de Javiera que su madre había llegado al Hospital con un gravísimo problema sanguíneo y que la intervención rápida y eficaz de Javiera, le había salvado la vida. Le dio las gracias de forma sentida porque sin el  diagnóstico  de su hija y sin su intervención rápida y rigurosa no hubiera podido salir adelante. Le pidió también disculpas por  aquel bautizo lingüístico que rompió la madre de Javiera con su enérgica y respetuosa intervención. Qué lejos había llegado aquella tortuguita.

Cuenta Erika que Javiera es hoy una prestigiosa hematóloga, “una mujer maravillosa” que goza de prestigio, consideración  y respeto  por su competencia profesional y por su valía personal.

Erika nos dejó a todos sorprendidos y emocionados cuando acabó su relato con estas inesperadas palabras: “yo soy la madre de Javiera,  la madre de  esta hematóloga que hoy trabaja con una gran profesionalidad y una enorme  empatía con sus pacientes”.

A pesar de estar detrás de una pantalla, sentí la emoción de todos los que seguían la clase. Erika había contado la historia  sin advertirnos desde el comienzo que  se trataba de su propia hija.

La Tortuguita ha llegado muy lejos, muy lejos. Porque gracias a la intervención inteligente y valiente de su madre, nunca creyó que lo era.

Las lágrimas de Erika revelaban un sentimiento de profunda emoción,  Aquella historia que ella guardaba en su corazón, había roto el silencio de la privacidad y estaba siendo conocida y compartida por muchas otras personas gracias a la magia de sus palabras. En ese momento me comprometí a ser un altavoz de esa emotiva y aleccionadora historia. Al poner punto final a este  artículo quiero rendir un tributo de gratitud a quien rompió una profecía inquietante y un homenaje a quien salvó  con eficacia y rapidez la vida de la madre de su maestra.

Columna escrita por Miguel Ángel Santos Guerra

Para ver la columna original haz clic aquí

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