Una conversación sobre el esfuerzo y las oportunidades
Emprender puede comprometer el ahorro familiar y la tranquilidad de quien intenta sostener un proyecto. Cuando el respaldo es escaso, equivocarse tiene consecuencias que se extienden a la vida cotidiana. En el trabajo social, esa presión puede convivir con la responsabilidad de seguir acompañando a otras personas. En esta entrevista ampliada, Arnaldo Canales cuestiona los discursos que dejan fuera esas condiciones. A través de cinco preguntas, reflexiona sobre las emociones que acompañan el proceso y el apoyo que hace falta para sostener una causa.
1. ¿Qué le incomoda del discurso actual sobre emprendimiento?
Me incomoda el relato romántico que presenta el emprendimiento como una experiencia al alcance de cualquiera que tenga ganas y se esfuerce. Esa mirada deja fuera las condiciones desde las cuales una persona intenta levantar su proyecto. Contar con ahorros, una familia que pueda respaldarte o contactos que te abran puertas cambia cuánto puedes arriesgar y qué ocurre si el proyecto falla. El problema aparece cuando una experiencia favorecida se convierte en una receta para todos. Se aconseja perder el miedo al fracaso a personas que, ante un error, pueden comprometer el arriendo o la alimentación de sus hijos. Para ellas, arriesgar tiene un significado concreto. Cada peso invertido sale de un presupuesto que ya tiene obligaciones. Valoro el esfuerzo y la capacidad de aprender de los errores. También considero necesario hablar de las oportunidades que permiten convertir ese esfuerzo en resultados. Cuando se atribuye todo al mérito individual, quien enfrenta una dificultad puede terminar sintiendo que su situación demuestra falta de capacidad. Ese juicio añade una carga a alguien que quizá lleva meses trabajando para sostenerse. En el emprendimiento social, esa tensión se vuelve visible cuando una persona destina parte de su sueldo a mantener una causa. Puede buscar apoyo para rescatar animales abandonados o sostener una fundación y seguir cubriendo gastos con recursos propios. Me interesa que esa realidad tenga espacio en la conversación pública. Merece ser escuchada con el mismo respeto que las historias de éxito.
2. ¿Dónde está la diferencia entre un discurso y la vida real?
La diferencia está en el costo de equivocarse y en el tiempo disponible para recuperarse. Hay quienes pueden cerrar un proyecto y comenzar otro con respaldo. Otros quedan con deudas que deben pagar durante años. En ese escenario, volver a emplearse puede ser una decisión necesaria para proteger a la familia y reunir recursos antes de intentar otra vez. Una conferencia puede celebrar la caída como parte del aprendizaje. En la vida cotidiana, esa caída puede significar una cuenta vencida, una conversación difícil en casa o la obligación de postergar una necesidad. Aprender sigue siendo valioso, pero cada persona enfrenta consecuencias distintas. Por eso, al hablar de fracaso, considero esencial mirar quién absorbe sus costos. También hay una distancia entre tener una buena idea y lograr sostenerla. Un proyecto necesita ingresos y personas que puedan dedicarle tiempo. Una organización social puede realizar una labor relevante y aun así tener dificultades para pagar sus gastos. El valor de la causa y su capacidad de financiamiento son asuntos que requieren atención propia. Pienso que el apoyo debe traducirse en acciones: una oportunidad de financiamiento, una contratación pagada en el plazo acordado o una alianza con responsabilidades claras. Cuando una institución ofrece ese respaldo, ayuda a que el proyecto tenga continuidad. Ahí el discurso sobre emprendimiento empieza a encontrarse con las condiciones que una persona necesita para trabajar.
3. ¿Qué emociones viven los emprendedores reales?
Pueden vivir frustración cuando trabajan durante meses y los resultados siguen siendo insuficientes. Puede haber rabia al observar que las puertas se abren con más facilidad para quienes ya cuentan con contactos. La impotencia aparece cuando conocen una necesidad y carecen de recursos para responder. Son emociones que tienen una historia detrás y que merecen ser comprendidas.
El miedo también ocupa un lugar: miedo a perder lo invertido, a endeudarse o a afectar la estabilidad de la familia. La culpa puede surgir al sentir que el proyecto está absorbiendo tiempo que necesitan los hijos. Y la vergüenza puede llevar a ocultar una dificultad por temor al juicio de quienes esperan que todo vaya bien. Cada persona vive estas tensiones de una forma distinta.
En una causa social, además, puede sentirse una responsabilidad muy grande hacia quienes reciben el apoyo. Reducir una actividad o detener un programa puede generar dolor porque hay personas que dependen de ese trabajo. Esa responsabilidad requiere límites claros para que quien ayuda también pueda cuidar su propia vida.
Desde la educación emocional, propongo aprender a reconocer ese desgaste y darle palabras. Expresar que estamos cansados o que necesitamos ayuda permite conversar antes de llegar a una situación más difícil. También ayuda a distinguir una emoción intensa de una decisión que debemos evaluar con cuidado, como asumir una deuda nueva.
Un acompañamiento útil escucha sin juzgar y ayuda a ordenar lo que se puede resolver. Puede incluir una conversación con la familia, revisar la carga de trabajo o buscar orientación profesional cuando el malestar persiste y afecta la vida cotidiana. El proyecto merece atención; la persona que lo sostiene también.
4. ¿La perseverancia basta?
La perseverancia importa, pero su valor depende del contexto y de las decisiones que la acompañan. Una persona puede esforzarse mucho y seguir enfrentando barreras de acceso a recursos. Pedirle que insista exige comprender qué está poniendo en juego y cuánto puede sostener esa exigencia.
Perseverar también implica revisar la estrategia. A veces hace falta reducir el tamaño de un proyecto, ajustar sus gastos o buscar una alianza que permita continuar. En otros casos, una pausa protege a la familia y ofrece tiempo para ordenar las cuentas. Esas decisiones pueden formar parte de un compromiso serio con la causa.
Me preocupa que la insistencia se convierta en una obligación de resistir cualquier costo. Quien emprende necesita criterios para evaluar si el esfuerzo está dando resultados y si las condiciones siguen siendo sostenibles. La capacidad de reconocer un límite merece tanto respeto como la disposición a volver a intentar.
Una red puede ofrecer orientación y abrir oportunidades de colaboración. El apoyo económico también permite probar una idea sin comprometer todo el patrimonio familiar. Por eso, quienes cuentan con recursos pueden contribuir a que otras personas tengan un margen real para aprender y recuperarse.
5. ¿Cuál es la idea de fondo?
La idea de fondo es reconocer que las personas parten de lugares distintos y que esa diferencia influye en cuánto pueden arriesgar. El talento importa y el trabajo cuenta. Las oportunidades disponibles también pesan. Una conversación honesta sobre emprendimiento debe dar lugar a esas condiciones, sobre todo cuando evaluamos por qué alguien logró avanzar y otra persona quedó detenida.
Quiero que miremos a quienes sostienen una causa desde la precariedad. Muchas veces realizan un trabajo que beneficia a otros mientras resuelven cómo pagar el próximo gasto. Hay una decisión de compromiso detrás de ese esfuerzo. Esa decisión merece apoyos concretos que permitan mantener la actividad y cuidar a quienes la hacen posible.
Para una empresa o una institución, apoyar puede significar financiar parte de un programa, contratar un servicio con condiciones justas o compartir recursos que el proyecto necesita. Para una comunidad, puede significar colaborar de forma organizada y cumplir los acuerdos asumidos. El respaldo adquiere valor cuando permite planificar y reduce la incertidumbre de quien está trabajando.
Desde la educación emocional, también debemos revisar cómo hablamos del éxito y del fracaso. Las palabras con que describimos a alguien pueden ayudarle a comprender su experiencia o aumentar la vergüenza que ya siente. Escuchar su historia permite reconocer los obstáculos y valorar las decisiones que tomó para proteger a su familia.
Aspiro a que podamos emprender con una red que haga posible intentarlo y volver a levantarse. Eso exige responsabilidad de quien lidera y compromiso de quienes pueden abrir oportunidades. Una causa social necesita personas dispuestas a trabajar, pero también condiciones para que ese trabajo perdure. Cuidar a quien emprende es una forma concreta de cuidar lo que aporta a la comunidad.
¿Quién es Arnaldo Canales?
Arnaldo Canales es doctor en Pedagogía y Educación, ingeniero y especialista en educación emocional. Es impulsor de la ley de educación emocional en América Latina. Su reflexión sobre el emprendimiento social pone el foco en el costo emocional de quienes sostienen una causa con recursos propios.
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Por Arnaldo Canales
Director Ejecutivo Fundación Liderazgo Chile (FLICH).
Impulsor de la Ley de Educación Emocional en Chile.
Magister en Educación emocional y Máster en neurociencia aplicada

