Déjame que te cuente
Voy a compartir hoy con mis lectores y lectoras una confidencia. Espero que nadie lo considere una impertinencia o un atrevimiento, sino un humilde deseo de compartir una dilatada experiencia personal. “Y eso, ¿a mí que me importa?”, podría pensar alguien al conocer el tema de la semana. Quien lo entienda así, tiene la oportunidad de abandonar el artículo después del primer párrafo. Ahora mismo.
El día que nació mi única hija Carla comencé a escribir en el Hospital El Ángel de Málaga un diario (no es en sentido estricto un diario porque no escribo todos los días) que todavía no ha terminado. Algunos días no he escrito nada porque no había algo llamativo que reseñar, porque estaba de viaje o porque tenía ocupaciones apremiantes, y otros lo he hecho por partida doble o triple porque había algo reseñable o porque no pude hacerlo en el día que lo hubo. La experiencia tiene ahora 17 años y medio. Hoy mismo he dejado constancia de que cuando esta mañana le dije que no se preocupase tanto por la imagen, por lo exterior sino por su interior, me ha dicho: “es que lo interior está perfecto”.
Me he alegrado muchas veces de haber comenzado este diario el mismo día del nacimiento de mi hija. Y, sobre todo, de no haberlo dejado hasta la fecha. Voy por el tomo X. Exactamente 1472 páginas. Y no sé cuando le pondré fin. Le he dicho a Carla que pensaba cerrarlo cuando cumpla los 18 años y me ha mirado extrañada mientras formulaba esta pregunta: ¿por qué solo hasta esa fecha?
Uno de los motivos por los que me alegro de tener escrita esta historia, lo he descubierto mucho después de tomar la iniciativa. La memoria no lo almacena todo. Y, muchas veces he tenido que acudir al diario para recordar fechas, frases, nombres y acontecimientos. El diario es la memoria familiar escrita y comentada desde el corazón de uno de sus miembros.
Los textos están escritos en estilo directo, en conversación con mi hija, por eso el título de cada uno de los tomos es el mismo: “Déjame que te cuente” (Tomo I, Tomo II, Tomo III…).
Escribo siempre a mano. Y he de decir que he ido viendo cómo mi escritura se ha ido haciendo pasito a paso más vacilante, menos clara. Ella ha ido creciendo y yo he ido menguando.
Dedico a cada situación reseñada una página, salvo excepciones y, en ocasiones, incluyo una foto, una entrada de cine, un billete de avión, una pulsera del Hotel de vacaciones que añade presencia gráfica y rompe la monotonía de la letra.
Creo que este diario tendrá valor cuando pasen los años, cuando yo no esté y cuando ella trate de recuperar su infancia y su adolescencia pasadas por el filtro de la narración de su padre. Ahí verá la evolución asombrosa del lenguaje, los viajes realizados, las pequeñas enfermedades, la celebración de los cumpleaños, las respuestas ingeniosas, las amistades más fugaces y más duraderas, las experiencias escolares… En definitiva, la vida.
Escribo el diario a pie quebrado, un estilo en el que publiqué uno de mis primeros libros, “Yo te educo, tú me educas” (traducido al portugués con el título “Uma pedagogía da libertaçao. Crónica sentimental da uma experiencia”). Muchas veces me han preguntado (y me he preguntado) por qué ese estilo literario. Y solo he podido responder (y responderme) que así fluía y fluye en estos dos casos la escritura.
Soy yo quien toma la iniciativa de lo que quiero dejar constancia, aunque a veces Lourdes, su madre, y la misma Carla me dicen:
– Esto lo tienes que escribir en el diario.
En esos casos siempre acepto encantado la sugerencia.
Cuando me jubilé, la Facultad organizó un acto de homenaje y despedida al que ella, como es lógico, asistió. Y ella redactó, sin aceptar intromisión alguna, lo que quería decir. En su alocución hizo referencia a su diario:
- De todos los libros que ha escrito mi padre estoy muy orgullosa pero, del que más, es del que me está escribiendo a mí.
Los libros “vacíos” en los que escribo, adquiridos en librerías y aeropuertos del mundo, son preciosos, de pastas duras y cierres originales. Todos diferentes, aunque del mismo tamaño. Creo que será una hermosa herencia emocional para ella.
La niña se ha convertido, de la primera página en la que era una bebé recién nacida, hasta hoy, en una adolescente que me saca dos cuartas y que tiene criterio propio. ¿Cómo ha sido posible ese milagro? No hace mucho me ha hecho una propuesta estremecedora, a la que no sé si me podré negar y tampoco si la podré aceptar:
- Papá, quiero que me escribas un tomo para cuando tú no estés. Primer día, segundo día, tercer día… He de confesar que no he tenido, hasta el momento, el valor de iniciarlo.
Por el diario han pasado todos sus familiares, algunos profesores, algunos amigos y algunas amigas. También la muerte ha hecho acto de presencia cuando despidió a su abuelo materno y, recientemente, a una prima en plena juventud.
Hace poco releí una anécdota de hace más de siete años, relacionada con el lenguaje. Iba con ella al conservatorio. Yo conducía y ella iba a mi lado merendando. Después de tomar su bocadillo de jamón, bebió un zumo de naranja y se le escapó un eructo. Le dije:
– ¿Qué haces, Carla?
La respuesta fue rápida y sorprendente:
– Papá, son gases del oficio.
Durante muchos años he estado haciendo viajes a países de Hispanoamérica (Argentina, Chile, México, Bolivia, Colombia, Uruguay, Paraguay… ). Esos viajes tienen una duración mínima de seis días. Cuando Carla tenía siete años le dije que iba a realizar un viaje a Chile.
- ¿Cuántos días, papá?, me preguntó.
- Ocho días.
- ¿Con viajes o sin viajes?
- Contando los viajes.
Se quedó pensativa y me dijo:
– Papá, tus viajes me van a arruinar la vida.
Hice el viaje. En una comida con profesores en la que se me planteaba una intervención en las semanas siguientes, les hablé de la demanda de Carla para justificar mi negativa. Regresé a casa. Semanas después, llegó desde Chile una preciosa carta dirigida a Carla en la que un grupo de profesores y profesoras le pedían que les dejase compartir la sabiduría y el corazón de su padre porque “tu papá, decían, viene a repartirnos a los profesores el polvillo de hadas que se nos ha perdido y que necesitamos para dar las clases”. Era una carta larga y emotiva.
Carla leyó la carta. Le pregunté si quería contestar. Y me dijo que por supuesto. Le preparé el correo. Y me fui porque tenía cosas que hacer. Por la noche busqué en mi ordenador. No sabía si había contestado y, por tanto, lo que había dicho. Localicé el texto, que decía: “Queridos profesores de Chile. He visto que mi papá es muy importante para vosotros, pero es más importante para mí, así que la próxima vez irá dos días, pero no ocho”. Fue, a la vez, generosa y egoísta.
Francesco Tonucci le ha dedicado dos viñetas en sus libros, extraídas de dos anécdotas que figuran en el diario. Contaré una de ellas porque el espacio no da para más. Un día que la llevaba al Colegio y había un gran atasco, yo me lamentaba de que íbamos a llegar tarde.
- Ha tenido que haber un accidente, mira cuánto tráfico hay, vamos a llegar tarde.
Me veía nervioso y preocupado. Para tranquilizarme, dijo lo siguiente:
– Papá, no te preocupes por llegar tarde, porque vamos al Cole. Lo malo de llegar tarde es que fuéramos a un cumple porque me perdería la tarta, el mago y la piñata.
En el año 2016 me pidieron que impartiera una conferencia en un Congreso sobre Narrativas que se celebraba en Mahón (Menorca). Los organizadores conocían que yo estaba escribiendo este diario a mi hija. Y añadieron una petición inusual. Tenía que participar en la conferencia mi hija Carla. Se lo dije a ella.
- Carla, me han pedido que des una conferencia.
- Qué guay. ¿Dónde?
- En una ciudad que se llama Mahón y que esta en las Islas Baleares.
La segunda pregunta que me hizo, fue la siguiente:
- Papá, ¿y a mí me van a pagar?
- La mitad será para ti, contesté.
Y aun añadió otra inquietud.
- ¿Me van a tratar como VIP?
- Solo mientras impartimos la conferencia, le dije de forma improvisada.
Preparamos la conferencia. Nos repartimos las tareas. Ensayamos. Ante 300 docentes ocupamos el tiempo que se nos había asignado. Después, hubo preguntas. He tenido a mi lado muchas personas importantes en mesas redondas y conferencias a lo lago y ancho del mundo. Nunca alguien tan importante como ese día.
Columna escrita por Miguel Ángel Santos Guerra
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