La lectora opsímata
Es probable que algún lector haya tenido que ir al diccionario para conocer el significado de la palabra opsímata. Y es probable que no la haya encontrado. El corrector automático me la subraya en rojo, pero sé que no es preciso eliminarla porque es una palabra de la lengua española que significa “persona que aprende tarde en la vida”. La palabra procede directamente del griego, combinando las raíces ops-, ‘tardío’, y manth-, relacionado con el aprendizaje.
He encontrado la palabra en la octava edición de una deliciosa novela del escritor británico Alan Bennett, titulada “Una lectora poco común”. Un lúdico ejercicio de especulación sobre lo que hubiera sucedido si la reina Isabel II se hubiera puesto a leer libros de forma compulsiva en los últimos años de su vida. La primera edición española es del año 2008. Lo leí entonces. Ahora, con la reina desaparecida, he querido reavivar el recuerdo de una grata lectura.
De este modo se hace referencia en la obra a la palabra opsímata en la página 51 de la octava edición.
“ – ¿Sabes que te dije que tú eras mi amanuense? Pues he descubierto lo que soy yo. Soy una opsímata, le dice la reina a Norman, su asesor literario.
Con el diccionario siempre a mano, Norman leyó en voz alta.
– Opsímata: persona que aprende tarde en la vida”.
La historia arranca de un encuentro casual de la reina un buen día en el que el vehículo de la biblioteca móvil del Ayuntamiento aparca cerca de las puertas de las cocinas del palacio. De no ser así, no habría conocido a Norman, el joven y pelirrojo pinche de cocina que estaba leyendo en la biblioteca ambulante un libro de Cecil Beaton y que habría de convertirse en un guía literario indispensable.
La pasión por la lectura condiciona la vida posterior de la reina que ahora saluda con la mano desde su carroza mientras sus ojos siguen clavados en la lectura de un libro.
Es llamativo comprobar cómo la lectura cambia toda la vida de una persona, en este caso de una persona poco común, como es una reina. Dice Bennett: “Ponía la primera piedra con menos brío que antes y los pocos barcos que había que botar los mandaba hacia el agua sin más ceremonia que un barquito de juguete en un estanque, pues su libro la esperaba”.
También tenía efecto la obsesión por la lectura en sus relaciones familiares. Dice Bennett textualmente: “Dejaba más libres a sus familiares, apenas los atosigaba y ellos vivían, en general, más tranquilos. ¡Vivan los libros!, pensaban, salvo cuando tenían que leerlos o cuando la abuela insistía en hablar de ellos”.
La afición a la lectura se convierte en el eje vital de la anciana. Descubre en los libros lo que la vida no le puede ofrecer: “Le gustaba leer más que ninguna otra cosa y devoraba libros a una velocidad pasmosa”. La edad tardía en la que ha empezado a interesarse por la lectura le hace pensar que ha perdido mucho tiempo y esa sensación potencia y profundiza su interés por los libros.
Así lo expresa el autor: “Había otras aflicciones, además de la conciencia que nunca la abandonaba de cuánto tiempo había perdido. De haber empezado a leer veinte años antes habría podido conocer a todos aquellos autores famosos que no había conocido o, aun peor, a los que había conocido y no había tenido nada que decir”.
La reina convoca en palacio a famosos escritores con quienes dialoga amigablemente, interesándose por sus costumbres y por sus temas preferidos. “Un escritor escocés se reveló particularmente terrible. A la pregunta de dónde venía la inspiración dijo brutalmente: No viene, Majestad, hay que salir a buscarla”.
La obra hace referencia, de forma ingeniosa a la ignorancia del premier británico y de otros políticos que quedan en evidencia cuando la reina les pide opinión sobre autores que conoce bien y a los que admira profundamente. Comprueba, de forma fácil e inequívoca, que no leen nada. Incluso, que desprecian la lectura para poder entregarse febrilmente a los asuntos urgentes del gobierno. Ella, sin embargo, considera que la lectura es la tarea más importante y apasionante. Y también la más seria, como puede comprobarse en este párrafo: “Para ella no existía nada más serio, y sentía respecto a la lectura lo mismo que algunos escritores sienten respecto a la escritura: que era imposible prescindir de ella y que en aquella etapa tardía de su vida ella había sido elegida para leer del mismo modo que otros lo habían sido para escribir”.
Quien se apasiona por la lectura, quiere y hace lo posible para que otros tengan la misma fortuna. En este sentido, Alan Bennett nos muestra cómo esa lectora tan poco común, no perdía ocasión de instar a la lectura: “Al visitar una escuela primaria en Norfolk se sentó en un pupitre y leyó un cuento del elefante Babar a los niños. Al tomar la palabra en un banquete municipal, obsequió a los asistentes con un poema de Betjeman, desviaciones del programa que encantaron a todos”. En cierta ocasión le pide al arzobispo de Canterbury hacer la lectura de los textos sagrados en los oficios religiosos de la Catedral.
Al premier le entrega uno o dos libros después de la entrevista semanal. En la siguiente le pregunta qué le han parecido. Pero, aunque le dijera que muy interesantes, tenía la seguridad de que no los había leído. Ella decía que “las decisiones embotan la mente”. En cierta ocasión le dijo al premier que su experiencia con los primeros ministros era que preferían que otros leyeran por ellos.
Es el ejercicio de la lectura lo que nos lleva a seguir leyendo. Me gusta mucho la metáfora que utiliza Bennett: “Y se le ocurrió la idea (que anotó al día siguiente) de que leer era, entre otras cosas , un músculo que ella, al parecer, había desarrollado”.
Esta es la hermosa historia de una conversión, que está salpicada de interesantes reflexiones, de iniciativas sorprendentes y de descubrimientos asombrosos. Esta apasionada lectora, nada común, se despierta, enciende la luz y escribe: “No pones la vida en los libros. La encuentras en ellos”.
Antes de apasionarse por la lectura, cuando le presentaban cada mañana el libro de sus compromisos sentía interés y curiosidad. Era su deber. Y disfrutaba de las actividades más diversas: una inauguración, una entrega de premios, una primera piedra, una cena conmemorativa, la recepción semanal del primer ministro. Ahora no. Todo aquello se había convertido en un fastidio.
Existe una interesante evolución en esta historia. Es el paso que se produce, casi de forma imperceptible, del amor a la lectura al amor por la escritura. Ya al final del libro dice el autor: “Descubrió, sin embargo, que cuando había escrito algo, aunque solo fuese una anotación en su libreta, estaba tan feliz como lo era antaño leyendo y otra vez cayó en la cuenta de que no quería ser una simple lectora. Un lector era casi lo mismo que un espectador, mientras que, cuando escribía, actuaba, y actuar era su deber”.
Remacha esta idea en las últimas páginas. En una conversación con el premier dice: “Como algunos quizás sepan, en los últimos años me he convertido en una voraz lectora. Los libros han enriquecido mi vida de una forma que nunca habría esperado. Pero los libros no lo son todo y creo que es hora de pasar de lectora a escritora, o al menos de intentarlo”.
El autor sitúa la frase anterior en el ochenta cumpleaños de la reina, una edad en la que las cosas no suceden, se repiten; una edad en la que podemos morirnos sin que nadie se sorprenda.
La novela muestra de forma emocionante cómo la pasión por la lectura puede cambiar el sentido de la vida. No diré cómo acaba la novela. Ha sido un placer compartir algunas ideas interesantes de este libro de solo 119 páginas, pero no me puedo permitirme decir cuál es su desenlace. No debo robarle ese derecho al lector. Solo diré que es un final ingenioso y sugerente.
Este artículo es una invitación a la lectura. Una invitación a quienes están en una edad temprana para que, a tiempo, adquieran esta afición salvadora. Y tamba quienes tienen una edad provecta, para que comprendan que nunca es tarde si la dicha es buena. Por una parte quiero decir que es mejor no ser un opsímata, pero por otra me importa mucho decir que es magnífico ser un buen opsímata. Cualquier edad es buena para aficionarse a la lectura, pero es mejor no perder el tiempo. Leer es vivir y vivir es leer. Cuánto se pierde quien no lee Nos lo demuestra de forma amable y palmaria esta lectora poco común.
Columna escrita por Miguel Ángel Santos Guerra
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