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«Papá, baja del árbol» Columna escrita por Miguel Ángel Santos Guerra

Papá, baja del árbol

Estoy escribiendo estas líneas el día 25 de noviembre, día en el que se pretende recordar en el mundo que tenemos que luchar contra la violencia machista. Y cuántos años más se necesitarán para acabar con esta lacra. Porque la violencia contra las mujeres todavía alcanza cotas imposibles de soportar. En España, este año, han muerto ya 38 mujeres a manos de sus parejas. ¡38 mujeres muertas! Es un simple número, pero detrás de él está la vida y la muerte de personas concretas, de familias enteras. Y cuántas más enterradas en vida. Y cuántas discriminadas, violadas, acosadas, maltratadas, insultadas…La cultura fracasa cuando vivimos en ella indignamente, cuando las mujeres sufren injustamente por el hecho de ser  mujeres. Cada día del año debería ser este día.

La fecha es una buena ocasión para denunciar los despreciables  insultos que la diputada Carla Toscano, militante de VOX, ha dirigido a la Ministra de Igualdad, Irene Montero, en sede parlamentaria. Una mujer machista insulta a una mujer que lucha contra la violencia  de género.

Estos insultos se producen, como he dicho, en la sede de la soberanía popular, que es el  Parlamento. Es decir, el lugar donde están los grandes triunfadores del sistema educativo, los que han llegado más alto en el proceso de socialización. ¿Por qué hablamos de éxito del sistema educativo? Estos hechos resultan una inquietante interpelación para la educación y para la democracia. ¿Qué hemos aprendido? ¿Qué mundo estamos construyendo?

En las escuelas se explica en este día (y todos los días) la necesidad de acabar con esta terrible lacra de la discriminación. Se habla de la dignidad de todos los seres humanos. Se insiste de forma machacona en la igualdad de hombres y mujeresPero, ¿para qué sirve si el ejemplo que brindan quienes  están en lo más alto  del sistema desmienten con su proceder todas las explicaciones? Me gusta repetir el pensamiento de Emerson: El ruido de lo que somos llega a los oídos de nuestros alumnos (de nuestros hijos, de los ciudadanos) con tanta fuerza que les impide oír lo que decimos. No hay forma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo. Le oí decir a Humberto Maturana que tenemos que hablar tanto de valores porque no los vivimos. Si los practicásemos los aprenderíamos por ósmosis.

No sé si alguna vez he contado esta anécdota en este espacio. Un señor tiene un huerto, se dedica a vender frutas. Una noche, mientras cena, oye algunos ruidos en los árboles. No hay tormenta, ni viento ni lluvia. Sale con una linterna para ver lo que sucede. Camina enfocando los árboles con su linterna. No ve nada llamativo. Pero cuando va a regresar hacia la casa, ve que se mueven las ramas de un árbol. Enfoca con la linterna y ve a un joven con un saco grande lleno de fruta. Es evidente, le está robando. Se acerca al árbol, le enfoca con la linterna y le pide que baje inmediatamente y que le entregue todo lo robado.

– ¿Cómo se te ha ocurrido venir a quitarme el pan de mis hijos? Yo vivo de mis frutas. Devuélveme ese saco, le dice enérgicamente.

El chico baja y se lo entrega. Y el dueño le dice, mostrándole el teléfono móvil:

  •  Ahora mismo, delante de mí, vas a llamar a tu padre y le vas a explicar lo que estabas haciendo aquí.

El chico, en lugar de tomar el móvil y marcar el número, mira hacia la copa del árbol y dice:

– Papá, baja, que aquí hay un señor que quiere hablar contigo.

¿Sería razonable que, al bajar del árbol, el padre le dijese al chico que no se roba, que es un delito robar, que no se puede hacer daño al prójimo? Se lo puede decir, pero a nadie se le oculta que sería una burla inútil y cruel.

¿Con qué autoridad les decimos a  nuestros niños y a nuestros jóvenes que no se debe insultar a las mujeres por su condición de mujeres, que no se puede despreciar, agredir y tener una actitud violenta con una mujer, después de ver hechos como estos en la práctica política?

La señora Toscano, que hace honor a su apellido, por las dosis elevadas de tosquedad, le dice a Irene Montero que ha descalificado a quienes han estudiado tanto para ser jueces, cuando ella solamente tiene el mérito de “haber estudiado en profundidad a Pablo Iglesias”. A eso hay que llamarlo, lisa y llanamente, miseria moral. En la frase hay crueldad e ignorancia. Hablo de ignorancia porque esta señora no sabe que la expresión “en profundidad” viene a decir que ha estudiado a su expareja en un pozo o en el metro. No sabe que debería decir, para expresarse correctamente en castellano, que ha estudiado profundamente o con profundidad.

¿Qué le importa a la señora Toscano la vida privada de Irene Montero? ¿Qué reproche le puede hacer por  tener una relación con quien  a ella le parezca oportuno? ¿Por qué esa invasión en su privacidad? ¿Por qué ese desprecio? ¿Por qué esa exageración?  ¿Eso es lo único que ha estudiado profundamente?

Lo más vergonzoso no ha sido el insulto, sino la desfachatez de sentirse orgullosa de haberlo proferido. Eso decía su sonrisa y sus aplausos cuando otro colega de VOX vocifera desde la tribuna diciendo que no se necesita tibieza para fustigar a los comunistas, que han sido unas palabras muy bien dichas, muy oportunas y valientes. Este energúmeno echa más leña al fuego, felicita a la agresora, la aplaude sin  contemplaciones.

Todas las fuerzas políticas, menos VOX, menos el PP que lo hecho con matices, han criticado duramente las palabras de la diputada. A Irene Montero le ha llegado el apoyo del Parlamento de Cataluña, de las mujeres del Congreso (menos las de Voz, PP y Ciudadanos) y el de muchos diputados de diversos partidos. Y también el apoyo  internacional de los presidentes de Argentina y de Chile. Da igual. La señora Toscano ni pide disculpas ni se avergüenza de sus palabras. Es más, se siente orgullosa. Su sonrisa y sus aplausos ante las palabras de su compañero muestran lo satisfecha que se siente por el protagonismo adquirido. Se regocija del daño que ha causado, del dolor que ha producido.

Y eso en un partido que niega que haya violencia de género. No existe pero ellos la practican públicamente con un descaro que produce vergüenza e indignación.

Por otra parte, la señora Toscano acusa a la Ministra de ser una “liberadora de violadores”. Hay que tener cuajo para decirle eso a Irene Montero. Hay que tener cinismo. Ha podido cometer un error, pero no ha sido su voluntad que se rebajen las penas. Ella hizo manifestaciones al respecto, apostando abierta y equivocadamente, a que no habría disminución de la pena ni excarcelaciones. Se equivocó, sí. Por impericia, por arrogancia o por ingenuidad. Por lo que sea. Decirle que es una “liberadora de violadores” (ella, que es la que más firmemente los persigue) es una maldad que rebela la calaña de quien agrade. Nadie más que ella, lamentará la consecuencia nefasta de ese resquicio legal. La ley es una buena ley. La ley del “sí es sí” es un indiscutible avance, porque hace hincapié en la importancia del consentimiento y en la necesidad de ayudar a las víctimas.

El insulto se dirige también a la función que realiza en el gobierno y al Ministerio que dirige. Porque son muchas las descalificaciones que se hacen desde la derecha a la existencia misma de ese Ministerio. Ya sucedió algo parecido con la Ministra Viviana Aído, en el gobierno de Zapatero. Desprecio, chistes, descalificaciones.  Un ministerio inútil. Unas ministras inútiles.

Otra mujer, Carmen Herrarte, concejala del Ayuntamiento de Zaragoza, perteneciente a Ciudadanos ha dicho que la señora Montero está donde está porque ha sido fecundada por un macho alfa. Una agresión cargada de violencia política y de violencia machista.

Mujeres contra mujeres. El machismo no es una actitud exclusiva de varones. Hay mujeres machistas, de la misma manera que puede (y debe) haber varones feministas.  ¿Cómo se explica esta actitud en las mujeres? Muy sencillo y muy duro: porque no hay mayor opresión que aquella en la que el oprimido mete en su cabeza los esquemas del opresor.

Columna escrita por Miguel Ángel Santos Guerra

Para ver la columna original haz clic aquí

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