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Estereotipos y Prejuicios. Miguel Ángel Santos Guerra

Estereotipos y Prejuicios: “La miradita”

Estereotipos y PrejuiciosEstereotipos y Prejuicios es lo que Miguel Ángel Santos Guerra nos comparte con su blog “la Miradita”.

Creo que nos ha pasado a todos y a todas. Vamos conduciendo con prisa y nos topamos con un vehículo que circula con una lentitud exasperante, o con otro que hace una maniobra extraña y peligrosa, o con un tercero al que se le cala el motor y nos bloquea el paso. Nos pica la curiosidad sobre la identidad del conductor o de la conductora que nos causa la extorsión. Nos intriga saber qué tipo de persona es la que es capaz de hacer así de mal las cosas.

  • ¿Quién será el mastuerzo (o mastuerza) que conduce de esa manera tan horrible?, pensamos si vamos solos o decimos a quienes nos acompañan.

Tratamos de adelantarlo para cerciorarnos. Y al llegar a la altura de la ventanilla del insoportable conductor lanzamos la miradita. Esa miradita que pretende hacer una radiografía del conductor (o conductora, que no es indiferente). Digo que no es indiferente porque, si es una mujer, saltan como impulsadas por un resorte las actitudes machistas.

  • Tenía que estar en la cocina.
  • Si es que las mujeres no saben conducir
  • Lo sabía. Es que no falla: una mujer.

Pero si al volver la cabeza nos encontramos con un anciano, las reacciones son otras. Y se mezcla la impaciencia y la conmiseración.

  • Si es que tenían que limitar la edad para conducir.
  • Así no se puede ir por la carretera.
  • Las personas mayores son un peligro.
  • Tenía que haber multas por circular despacio.

La miradita es como un test que detecta estereotipos y prejuicios. Juzgamos por una simple mirada y dictamos sentencia inapelable: es un imbécil o una imbécil, qué torpeza más impresionante, qué egoísmo..

Qué decir si la persona que ha cometido la infracción o que frena nuestra marcha nos parece fea.

  • Donde va a ir con esa cara.
  • Si es que tiene cara de torpe.
  • Cómo le han podido dar el carnet con esa cara.

– Por Dios, qué cara de pasmado.

Si la rabia es proporcional a la prisa y la prisa es grande, todavía nos salen del alma cosas peores. Imaginemos que el conductor es una persona de raza negra.

  • No. Si aquí dejamos entrar a todo el mundo y luego tenemos que sufrir las consecuencias.
  • Por qué no se quedan en su país y nos permiten circular como es debido.

– Si ya no vamos a caber aquí porque abrimos la puerta a todo el mundo.

La miradita, (de estereotipos y prejuicios) es como una foto que nos permite hacer un juicio sumarísimo, siempre condenatorio, claro. Un juicio que, si vamos acompañados, compartimos con los demás viajeros, que también lanzan sus miraditas de comprobación.

Creo que tenemos que esforzarnos por conducir de manera más amable. No sé por qué algunos se crispan tan fácilmente cuando están al volante. Hay una agresividad a flor de piel que se manifiesta de mil formas. Y una de ellas tiene lugar cuando estamos al volante.

Alguna vez he contado esta anécdota, tan significativa para lo que quiero decir. Un conductor va detrás de otro que, de forma evidente, se ha olvidado de quitar el intermitente derecho. Han pasado varias calles y no ha girado, ni se ha parado, ni ha hecho intento de aparcar. Amablemente le quiere avisar para que quite la señal de intermitencia. Utiliza primero las luces, luego hace gestos por si se le ocurre al olvidadizo conductor mirar por el espejo retrovisor, luego usa el claxon… Todo en vano. Decide adelantarlo para darle el aviso de ventanilla a ventanilla. Baja el cristal de la puerta derecha, se aproxima al coche, adelanta con cuidado y, al llegar a la altura del conductor despistado, le dice:

  • ¡Se ha olvidado usted de quitar el intermitente derecho!

El aludido baja rápidamente el cristal de la puerta izquierda y, evidentemente enfurecido, contesta:

– ¡No me sale de los cojones!

Así agradece el intento de ayuda del entrometido conductor. Le quieren hacer un favor y contesta con un exabrupto.

Y es que no sé si la conducción nos vuelve agresivos. ¿Quién no ha visto enconadas persecuciones de coches para castigar con repetidos golpes de claxon a quien ha osado llamar la atención a otro, o se ha quejado de alguna irregularidad o, sencillamente, le ha adelantado velozmente? ¿Quién no ha visto a conductores bajarse del coche para entablar una discusión que ha llegado a las manos?

Tiene que mejorar nuestra cultura automovilística, porque hoy en día es demasiado ruidosa, apresurada y violenta. Recuerdo que, durante el año que vivimos en Galway (Irlanda), apenas si oímos el ruido del claxon. Nuestra hija se dio cuenta.

  • Aquí nadie toca el claxon.

Y era verdad. Nosotros tenemos esa mala costumbre. Se pone verde el semáforo y pitamos al que no arranca inmediatamente, conduce alguien muy despacio y pitamos para que aligere, se para alguien para aparcar sin dar el intermitente y pitamos para castigarle…

Qué decir de la amabilidad para ceder el paso, para dar preferencia, para aparcar sin ocupar dos plazas, para dar la información que se nos solicita, para sonreír (y a ser posible comprar) a quien nos ofrece un paquete de pañuelos en un semáforo…

Claro que la señal más contundente de amabilidad consiste en respetar fielmente todas las señales de tráfico. Es una forma de civismo que salva vidas, que facilita la conducción y hace más agradable una actividad a la que dedicamos muchas horas al día.

Conducir de forma responsable y solidaria es una señal de madurez democrática. Compartimos las calles con otros coches, con motos, con bicicletas, con patinetes y peatones. La calle es de todos y de todas. Yo diría que es especialmente de los más vulnerables: de los niños, de los ancianos, de los enfermos, de las mujeres embarazadas, de los discapacitados… Hay que garantizar su seguridad y su bienestar. La calle no es propiedad del conductor apresurado, malhumorado y ruidoso… Nos jugamos la vid, la integridad y el bienestar de las personas.

Estoy pidiendo más amabilidad, más consideración, más cuidado, más sonrisas. Podríamos hacer el mundo más habitable si circulásemos pensando no solo en nosotros sino en aquellos con quienes nos cruzamos, en otros vehículos o a pie.

Es una pena que, por motivos diversos (miedo de los conductores, miedo de los autoestopistas, noticias truculentas) ya casi no se practique el autoestop. No ayudamos a alguien, porque nos puede asaltar o extorsionar. Y, si necesitamos ayuda, no la pedimos porque podemos dar con un conductor degenerado. Hemos perdido la confianza. Es una pena.

Lo mismo digo de los taxis (palabra interesante por lo universal). Los taxistas pasan miedo por la noche y también existe miedo para circular en taxis a determinadas horas y en ciertos lugares. Porque desconfiamos. Es preciso hacer un mundo más habitable. A mí me gusta hablar con los taxistas. Les suelo preguntar por la seguridad en las noches. Hace unos meses subí a un taxi en Santiago de Chile y el taxista se excusó diciendo que era el primer día de trabajo y que se encontraba nervioso y aturdido.

– No hay nada que excusar, le dije. El primer día es muy importante y lo hará usted muy bien. Y ojalá vengan muchos días estupendos después.

Le conté una anécdota que le hizo reír con ganas. Para matar aquellos nervios, le conté la historia de un taxista que el primer día de trabajo recogió a un pasajero en la calle. El cliente se colocó en la parte trasera detrás del taxista. Le preguntó por el destino al que deseaba ir. Y comenzó a circular. Durante el camino, el pasajero sintió la necesidad de hacer un pregunta al taxista y, tocándole suavemente en el hombro, le dijo:

  • Por favor, señor…

No le dio tiempo a formular la pregunta. El taxista se salió de la calle y se empotró en un escaparate. Al salir del coche, un tanto malparados aunque ilesos, el taxista le dijo a su cliente:

– Por el amor de Dios, no me vuelva usted a tocar el hombro.

– Perdone, señor, no sabía que ese gesto fuera tan importante para usted.

– ¿No va a ser importante? Como le dije, hoy es el primer día que trabajo en el taxi. Durante más de treinta años, he estado conduciendo un coche fúnebre.

Quise hacer un poco más agradable el trayecto en aquel primer día de trabajo. También he conocido taxistas que, en un breve trayecto, me han brindado lecciones admirables de sociología, economía, política, psicología y mundología.

Cómo no pensar en la educación vial. Siempre me tengo que remitir a la solución más poderosa. Lo que pretendo con estas líneas, sin embargo, es interpelar a todos y a todas quienes nos ponemos al volante, para que nos esforcemos en hacer la circulación más amable. Y aún más, para que nuestros juicios sobre el prójimo sean benévolos y no agresivos. Es decir, para que la miradita esté más impregnada de indulgencia que de desprecio.

Columna escrita por Miguel Ángel Santos Guerra
Para ver la columna original haz clic aquí

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