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Mi hijo y sus conductas de riesgo: “Me da terror que le vaya a pasar algo…”

Mi hijo y sus conductas de riesgo: "Me da terror que le vaya a pasar algo..."

Hace poco me escribió un padre. Su nombre es Alberto, tenía un hijo adolescente de 16 y vivía en la comuna de Lo Prado, era muy rebelde pero buen hijo, como me explicó. Él me decía que a pesar de los constantes consejos y advertencias que siempre reforzaba en Mauricio – nombre de su hijo -, él seguía comportándose de manera irresponsable, sin tener en cuenta las consecuencias de sus acciones, era violento en la casa, insolente muchas veces con sus padres, y lo más importante eran sus amigos y el mundo de las tuercas como él decía.

Un día, el hijo decidió participar en una carrera ilegal de autos, en San Bernardo, ignorando las advertencias de su padre. Salía en la noche y si bien era menor de edad, era difícil mantenerlo en la casa. Fue así como un día durante una carrera, perdió el control de su auto y sufrió un accidente fatal, donde perdió la vida.

El padre, devastado por la pérdida de su hijo, se preguntaba una y otra vez qué podría haber hecho para evitar que su hijo tomara esa decisión tan irresponsable. Se culpaba a sí mismo por no haber sido lo suficientemente claro en sus consejos y por no haber sabido detectar las señales de peligro a tiempo, de haberle prohibido salir, de apoyarlo más, de darle más amor, miles de interrogantes que le afectaban su corazón.

Y así pasó el tiempo, después de mucho reflexionar, el padre decidió que lo mejor que podía hacer era honrar la memoria de su hijo, difundiendo la importancia de tomar decisiones responsables y conscientes, y de no ceder ante las conductas de riesgo que pueden llevar a tragedias como la que le ocurrió a su hijo.

A partir de entonces, el padre se convirtió en un activista dedicado a educar a los jóvenes sobre los peligros de la conducción temeraria y a concienciarlos sobre la importancia de valorar la vida y las consecuencias de nuestras acciones. Hoy da charlas en colegios a jóvenes, tratando de sanar y ayudar a otros. Aunque él sabe que nunca dejaría de sentir el dolor por la pérdida de su hijo, encontró una manera de canalizar su dolor en una causa noble que le permitiera honrar la memoria de su hijo y hacer algo positivo por la sociedad.

Esta historia que les acabo de narrar es ficticia, la inventé, tomando lo que muchas veces he visto con casos parecidos en Chile y en otros países. Pero esta puede ser nuestra historia, TÚ historia.

Cuántos padres que hoy vuelcan sus vidas por ayudar a otros, vivieron algo así. Formaron una Fundación, son voluntarios, dan charlas, porque en algún momento de su vida vivieron lo más difícil que es perder un hijo, por algo que se podría haber evitado, sin duda. 

Quizás este ejemplo es trágico pero que nos invita a reflexionar. ¿Y si me pasara a mí? Para eso, es muy importante tomar conciencia y esta reflexión es para hablar de algo que para mi es vital, cuidar a quienes más amamos y protegerlos, pero más que eso prepararlos para la vida. Y si soy docente, ayudar a mis estudiantes para que sus conductas estén en equilibrio y puedan ser poco a poco conscientes de su actuar para así no cometer errores que muchas veces cuestan caro.

Hoy vivimos angustiados y con una constante preocupación por cómo podemos abordar las distintas conductas de riesgo de nuestros hijos y estudiantes.

CONDUCTAS DE RIESGO EN LOS JÓVENES

Las conductas de riesgo en jóvenes pueden incluir una variedad de comportamientos, tales como consumo de drogas, alcohol y tabaco, actividad sexual sin protección, embarazo adolescente, conducir bajo la influencia del alcohol y sin duda la violencia dada por su nula regulación y temeridad en general. Pero además hoy se suma otra conducta que yo en personal la considero de alto riesgo que es el uso de la tecnología y redes sociales a través de las pantallas.

Es importante señalar que el uso excesivo de tecnología y dispositivos electrónicos es muy perjudicial para la salud mental y física de los jóvenes, y puede llevar a problemas como la adicción a la tecnología, problemas de sueño, problemas de atención y concentración, y falta de actividad física, pero además puede derivar hacia futuros adultos ludópatas pues hay una búsqueda constante de dopamina artificial que genera.

Desde la educación emocional se puede trabajar en el fomento de habilidades y herramientas para la gestión emocional y la toma de decisiones saludables, para evitar comportamientos de riesgo. Esto puede incluir enseñar habilidades para el autocontrol emocional, la resolución de problemas, la comunicación efectiva, la empatía y la compasión hacia uno mismo y los demás.

También es importante enseñar a los jóvenes sobre los riesgos y las consecuencias de los comportamientos de riesgo, y ayudarles a desarrollar la capacidad de resistir la presión de grupo y tomar decisiones saludables. Esto es clave pues los jóvenes en grupo son un 30% más temerarios que cuando están solos, pues buscan validarse socialmente entre sus pares.

¿Qué puedo hacer para apoyar a mis estudiantes? ¿Que hago yo como papá o mamá para poder ser un aporte real a mi hijo?

En muchas de mis conferencias siempre digo lo mismo y lo reitero. No hay mayor inversión que hablar con mis hijos y trabajar la calidad de presencia.

Algunas estrategias para trabajar en la temeridad desde la educación emocional pueden incluir:

  • Fomentar la autoconciencia: Ayudar a los jóvenes a reconocer sus emociones y entender cómo estas pueden influir en sus decisiones y comportamientos.
  • Enseñar habilidades de toma de decisiones saludables: Ayudar a los jóvenes a aprender a evaluar los riesgos y las consecuencias antes de tomar una decisión, y fomentar la toma de decisiones basadas en la lógica y la razón, no solo en la emoción del momento.
  • Fomentar la empatía y la compasión: Ayudar a los jóvenes a desarrollar la capacidad de ponerse en el lugar de los demás, entender cómo sus acciones pueden afectar a los demás y ser conscientes de las consecuencias de sus comportamientos.
  • Enseñar habilidades de resolución de problemas: Ayudar a los jóvenes a aprender cómo enfrentar situaciones difíciles de manera efectiva y encontrar soluciones saludables en lugar de actuar impulsivamente.
  • Fomentar la comunicación efectiva: Ayudar a los jóvenes a aprender a expresar sus sentimientos y necesidades de manera clara y efectiva, y a pedir ayuda cuando la necesiten.

En general, trabajar en la temeridad desde la educación emocional implica ayudar a los jóvenes a desarrollar habilidades de pensamiento crítico, autorregulación emocional y empatía para tomar decisiones saludables y evitar comportamientos imprudentes.

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