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“Los gritos de la vergüenza” Columna escrita por Miguel Ángel Santos Guerra

Los gritos de la vergüenza

Acabo de escuchar en la televisión unos gritos de jóvenes universitarios de la Residencia madrileña Elías Ahuja,  gestionado por los padres agustinos y adscrito a la Universidad Complutense. Unos gritos dirigidos a las estudiantes universitarias de la Residencia femenina Santa Mónica, sus vecinas. He quedado asustado, indignado, entristecido y avergonzado. Las frases son tan machistas, tan agresivas y repugnantes que había pensado no reproducirlas. Pero luego he decidido repetirlas fielmente para que los lectores y lectoras puedan valorarlas de forma más  precisa, aunque no es igual verlas escritas que pronunciadas a gritos a través de un megáfono. Al parecer, los residentes van a celebrar en breve una capea (de eso hablaré más adelante) a la que hacen referencia en los gritos: “Putas. Sois todas unas putas ninfómanas. Salid de la madriguera como conejas. Os prometo que vais a follar todas en la capea. ¡Vamos, Ahuja!”. Los gritos y el alboroto posteriores refrendan esas frases: “somos los ahujos”, “somos los mejores”, “somos los ahujos”… ¿En qué son los mejores? En brutalidad, en desvergüenza, en machismo. Ellos sí que tienen que salir de la caverna donde se encuentran.

Esos gritos son intolerables, propios de personas machista, de jóvenes fascistas, de personas sin decoro y sin vergüenza.  No es la primera vez que los estudiantes de ese Colegio Mayor levantan el brazo haciendo el saludo nazi. En ese caldo de cultivo crecen estas actitudes violentas en las que se trata al prójimo (en este caso a las mujeres) como animales o, peor aún, como cosas.

La forma de pronunciar los insultos, a grito limpio y sin el menor recato, muestra una postura chulesca y bárbara.  Intimida, asusta, acobarda. Es la manada la que grita. Es probable que quien, azuzado por los compinches, gritó esas frases, no sea capaz de hacerlo en la puerta de su casa. No se trata de una simple gamberrada, de un momento de descontrol, de un acto aislado. Digo esto porque este tipo de acciones, según algunos testigos, es propia de los residentes de este Colegio Mayor.

Se trata de gritos intimidatorios. No solo insultan sino que amenazan. Se grita de forma violenta. Alguien ha comentado: “Qué asco y qué miedo”. Se trata de gritos coreados y jaleados por la manada, apoyados desde las ventanas, a través de las cuales se veía apagar y encender la luz para llamar la atención sobre lo que estaban diciendo y haciendo. Era un plan bien orquestado. Era la ejecución de un plan en el que la mayoría estaba implicada. No se apagan y encienden las luces por casualidad.

Esto no es una broma pesada, no es una salida de tono, no es un acto aislado que se pueda explicar de forma sencilla. Tiene un gran calado, tiene unas profundas raíces y genera una enorme preocupación.

En la Asamblea de Madrid se ha pedido (no su presidenta, por cierto) la comparecencia de los responsables del Colegio y del Rector de la Universidad Complutense. Al parecer, han expulsado ya a algunos alumnos. Y hay quien pide que también sean expulsados de la Universidad. Pero me preocupa por qué no se ha intervenido con la misma contundencia en hechos similares ocurridos anteriormente. Porque la presión social, ahora, resulta irresistible. Es decir, que realiza la expulsión una sociedad democrática y la dirección del centro la ejecuta porque no tiene más remedio. La sociedad no soportaría que los responsables mirasen para otro lado o despachasen el asunto con unas declaraciones.

Obligar a esos delincuentes a asistir a cursos de sensibilización es, a mi juicio, un error. Se impone como castigo algo que debió ser realizado como un regalo de la formación, porque se trata de un camino para hacerse mejores personas.

Algunos han intentado restar importancia a los hechos diciendo que se trata de una tradición, de una novatada que los nuevos alumnos tienen que realizar por mandato de los alumnos veteranos. Pues creo que lejos de ser un motivo de disculpa, esa explicación aumenta la gravedad de los hechos. ¿Es tolerable una tradición en la que se humilla, se desprecia, se insulta y se asusta a las chicas, compañeras de estudio? Hace tiempo que las novatadas deberían estar terminantemente prohibidas. Ya digo: sería todavía más grave que se tratase de una novatada planificada con cuidado y regocijo.

Me gustaría saber cuál es la actitud de los padres y las madres de estos energúmenos. Me temo que, en algún caso, traten de exculpar a sus cachorros y hasta se sientan íntimamente orgullosos  por la condición de machos de sus retoños.

Estos jóvenes serán el día de mañana  quienes dirijan los destinos de este país. Y mi pregunta es: ¿a dónde vamos con esta gente?

El hecho es muy preocupante, a mi juicio. Porque se trata de jóvenes, de universitarios, de personas cuyas familias de posición alta en la sociedad han tenido acceso a la cultura.

En el año 2019 había un doce por ciento de jóvenes varones que pensaban que no existía el machismo, que era “una invención ideológica”. Hoy se ha elevado el porcentaje al veinte por ciento. Es patente la involución. Ese hecho nos interpela de una forma  clara y dura. ¿Qué estamos haciendo mal?, ¿qué es lo que estamos dejando de hacer? Porque esos gritos indecentes, que provocarán miedo en muchas mujeres, avergüenzan a quienes los escuchan, pero avergüenzan especialmente a quienes tenemos la tarea de formar personas decentes.

No es igual observar estas actitudes en personas mayores, que han  vivido su infancia inmersas en una cultura androcéntrica que en estos jóvenes universitarios que han vivido y oído mensajes muy claros denunciando la discriminación.

Cuando pienso que un partido político (me estoy refiriendo a Vox) niega la existencia de la violencia de género de forma persistente y cerril, cuando veo que sus dirigentes se niegan a  aceptar evidencias tan palmarias como la muerte de mujeres  a manos de sus parejas, las violaciones grupales a mujeres o los insultos tan bárbaros como los de estos jóvenes energúmenos, pienso que estamos corriendo  como locos en la dirección equivocada.

Cuando veo el desprecio con el que algunos políticos hablan del Ministerio de Igualdad, de sus dirigentes, de sus preocupaciones y de sus leyes, cuando acusan de pederasta a una ministra por proponer que se plantee educación sexual en las escuelas, pienso que estamos condenados al fracaso en la pretensión de alcanzar la igualdad.

En la Universidad Mayor, con sede en Santiago de Chile y en Temuco, participé en una experiencia denominada Buen profesional/Profesional bueno (BP/PB). El equipo rectoral pensaba que era necesario tener buenos médicos, pero también médicos buenos; no querían formar solo buenos ingenieros, sino ingenieros buenos; no estaban contentos con preparar buenos abogados sino abogados buenos… No hay conocimiento útil si no nos hace mejores personas. ¿Qué ciudadanos y ciudadanas estamos formando en la Universidad? En el ITESO (Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente), sito en la ciudad mexicana de Guadalajara, vi un lema en el frontis de su edificio principal que haría extensivo a todas las instituciones educativas: “Aquí no tenemos que formar no a los mejores del mundo sino a los mejores para el mundo”. Es lo que afirma alguien que ha reaccionado de este modo al escuchar esos gritos: “No sé lo que estudian, pero no me gustaría encontrarles trabajando”.

Ya es inquietante que la fiesta que les convoca sea una capea. Todo el mundo sabe que una capea es un festejo taurino en el que se lidian becerros (reses menores de dos años) o novillos (menores de tres años). ¿No encuentran una forma más civilizada de divertirse que la de hostigar y hacer sufrir a estos animales.  Creo que se trata de un festejo que roza la barbarie y que debería estar prohibido. Y si no lo está legalmente, debería ser descartado desde una perspectiva  auténticamente educativa.

Antes de cerrar el artículo leo con estupor que un grupo de colegialas del Santa Mónica dice en un comunicado que no se han sentido ni ofendidas ni amenazadas, que esos chicos son sus amigos y que se trata de una tradición.  Pues qué bien. Es lo más grave de esta historia. No hay mayor opresión que aquella en la que el oprimido mete en su cabeza los esquemas del opresor.

Me alegraría que la capea fuese suspendida (esta y cualquier otra) ya que añadiría más brutalidad a la que tristemente ya se ha exhibido sin pudor alguno.

Columna escrita por Miguel Ángel Santos Guerra

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