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“La falacia del arenque rojo” Columna escrita por Miguel Ángel Santos Guerra

La falacia del arenque rojo

Una falacia lógica es un error de razonamiento: cuando una persona llega a una conclusión o defiende un argumento basándose en un proceso de razonamiento viciado, está cometiendo una falacia. Un argumento puede ser falaz por razones estructurales (fallas en su construcción lógica) o por un sinnúmero de otras razones, y las falacias que solemos llamar «argumentales» por lo general lo son a causa de razones que no se derivan directamente de su estructura lógica. Algunas son más comunes que otras, y una vez que aprendemos sobre ellas se vuelve mucho más fácil identificarlas en discusiones cotidianas, propias o ajenas.

Hay muchas formas de hurtar el verdadero debate. Una de ellas es la falacia del arenque rojo, también conocida como «seguir la zanahoria». Tiene lugar cuando una persona introduce una información irrelevante para el tema de discusión. De esta forma logra distraer la atención de todos los involucrados para llegar a una conclusión que incline la balanza a su favor y que generalmente resulta insignificante para el tema que se estaba discutiendo.

Cuando somos víctimas de esta falacia, cuando alguien «se va por la tangente», es normal que al terminar la discusión experimentemos una sensación de frustración, aunque no sepamos muy bien por qué. Esa frustración proviene del hecho de que hemos invertido tiempo y esfuerzo sin lograr nada. En otros casos podemos sentirnos enfadados porque nos damos cuenta de que nos han embaucado.

La falacia del arenque rojo debe su original nombre a una antigua costumbre según la cual, se usaba el fuerte olor que emana del pescado para distraer a los perros de caza de su objetivo y crear una pista falsa. Los cazadores creaban en la tierra un rastro con el olor del arenque. Si los perros no eran capaces de mantenerse enfocados y seguir la pista del zorro sino que seguían el olor del pescado, entonces se consideraba que no eran buenos para la caza.

El debate puede ser adulterado por otras falacias. Una de las más socorridas es el argumento ad hominem. Se trata de irse del tema argumentando que la persona que ha intervenido, en su vida privada, hace lo contrario de lo que defiende en la exposición. Por ejemplo, alguien que sostiene la importancia de la escuela pública es acusado de llevar a sus hijos a una escuela privada. ¿Qué argumento es ese? No se está juzgando la coherencia de quien habla, se está analizando una cuestión de política educativa y de justicia social.

La estructura lógica de esta falacia es la siguiente: A afirma B, hay algo cuestionable acerca de A, por tanto B es cuestionable. Es evidente la trampa. Una cosa es que sea cuestionable el comportamiento de A y otra que la causa que defiende lo sea.

He visto muchas veces lo que llamaré la falacia vuelta de la tortilla. Se está analizando lo que ha pasado con el caso Gurtel y se saca a relucir el caso de los ERE. Pero, ¿de qué estamos hablando? Lo mismo puede suceder a la inversa, por supuesto. Algunas veces se ha etiquetado esta práctica con la calificación de «y tú, más».

La estrategia de orinar fuera del orinal consiste en hablar de otra cosa diferente a la que se está tratando. Hay debates parlamentarios en los que se ve de forma más que clara que quien interviene en una réplica trae de su casa la respuesta escrita y resulta que no tiene nada que ver con lo que ha dicho la persona a la que pretende rebatir.

El argumento de autoridad es muy socorrido. Se trata de apoyar la idea con un testimonio de una personalidad de la filosofía, de la ciencia, de la literatura…Y qué decir si es de la máxima jerarquía de la Iglesia. Y se utiliza una frase, inevitablemente sacada de contexto, que quien habla pretende convertir en una demostración de que la tesis que defiende es irrefutable. «Conozco a un científico que dice que la teoría de la evolución no es real». ¿Y si el adversario utiliza el mismo argumento de autoridad utilizando la cita de otra eminencia que contradice la primera? Dentro de esas pretendidas autoridades están, a veces, los medios de comunicación. «Se ha dicho en la televisión». Como si ese hecho aportase ni un solo gramo de rigor, de verdad, de cordura a la argumentación.

También es muy socorrido el argumento sociológico de que verdad es lo que la mayoría dice que es verdad. Todo el mundo lo sabe, todo el mundo lo dice… ¿Por qué ha de ser ese hecho un criterio de verdad? ¿No pueden estar todos equivocados? Durante mucho tiempo se tuvo por verdadero que el sol giraba alrededor de la tierra. Todos estaban equivocados. Recuerde el lector el texto de aquel grafitti que ironizaba sobre esta falacia: «Millones de moscas no pueden equivocarse: come mierda».

Eludir la carga de la prueba consiste en asumir que una declaración es verdadera (o falsa) simplemente por no aportar razones que fundamenten la conclusión. En Derecho, el principio clásico sostiene que quien afirma algo debe probarlo, ya que los hechos negativos no admiten prueba. En este contexto, mi ejemplo favorito lo da la Wikipedia: «Sobre la cuestión del divorcio no quiero ni oír hablar. Como te he dicho, el vínculo del matrimonio es indivisible y punto». En este caso, quien sostiene la afirmación no ofrece absolutamente ningún argumento para sustentarla, sino que se niega a oír razones que lo convenzan de lo contrario.

La falacia del punto medio se basa en afirmar que la verdad debe encontrarse en el punto medio entre dos extremos. A veces esto puede ser cierto, pero tomarlo como principio puede constituirse en un sesgo, ya que a veces uno de los extremos es verdad, y en consecuencia, el otro extremo es una mentira, según nos dice el principio de no contradicción: una proposición y su negación no pueden ser ambas verdaderas al mismo tiempo. Un ejemplo: María dice que las vacunas causan cáncer, pero Luis dice que esto es mentira.

Pedro ofrece un término medio: las vacunas provocan algunos casos de cáncer, pero no todos. La mitad del camino entre una verdad y una mentira sigue siendo una mentira.

Otra falacia socorrida es la falsa dicotomía. Este argumento suele utilizarse en política y en muchos otros contextos altamente polémicos: quien argumenta presenta dos estados alternativos como si fueran las únicas posibilidades, cuando en realidad existen muchas otras. Esta falacia puede ser particularmente tramposa, porque en apariencia resulta lógica, pero se requiere un análisis más cercano para notar que hay otras opciones que no han sido presentadas. Todos los argumentos que señalan que si no apoyas un determinado programa, política o partido, estás apoyando a los enemigos, («si no estás conmigo estás contra mí») caen en esta categoría.

La falacia anecdótica consiste en utilizar una experiencia personal o un ejemplo aislado como una prueba que pretende reemplazar un argumento bien fundamentado o evidencia científica. Sucede porque es fácil creer que las cosas que nos son cercanas, o tangibles, son más «ciertas» que otras verdades más «abstractas», como la investigación científica y las estadísticas. «Dicen que el cigarrillo causa cáncer, pero mi abuelo se fumaba 20 cigarrillos al día y vivió hasta los 90 años.»

La falacia de la pendiente resbaladiza es la falacia de quienes sostienen que si «A» sucede, entonces «Z» sucederá eventualmente. Consiste en llevar los razonamientos a puntos extremos, sin presentar pruebas que permitan vincular causalmente por qué «A» llevaría a «Z», con el objetivo de movilizar las emociones de la gente y generar miedo de este modo, ganando partidarios. «Si permitimos que las personas del mismo sexo se casen, en unos meses estaremos dejando que la gente se case con su perro».

En todo argumento que encontremos, es importante aprender a distinguir los vínculos de causalidad entre los distintos eventos, así como comprender muy claramente que no toda correlación implica una relación de causa y efecto. Es la falacia del ‘post hoc, ergo propter hoc’. (después de esto, luego a causa de esto).

Éstas son tan sólo algunas de las falacias más comunes. Contrarrestarlas puede ser tan sencillo (o tan difícil) como prestar suficiente atención a la relación lógica entre las diferentes partes de un argumento, aprender a identificarlas y explicarle a nuestro interlocutor (o a nosotros mismos) por qué son falacias, y cómo puede probarse su falsedad. Todos podríamos beneficiarnos de tener conversaciones mucho más lógicas con nuestros amigos y conocidos.

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